¿DE VERDAD ERES LA MERA VENA?

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Ego, sexo y confesiones salvajes en La Guía del Deseo 7

Hay programas que empiezan con una pregunta. Y hay otros, como este, que empiezan como empiezan las mejores sobremesas: entre bromas, promesas pendientes y la sensación de que cualquier cosa puede pasar. La Guía del Deseo No. 7 abre con Óscar Alcázar y Paloma Cadena jugando con una deuda que traían cargando desde emisiones anteriores: un supuesto programa en moteles de la zona y hasta una “película porno” que, por fortuna para la estabilidad emocional del internet regional, todavía se queda en la imaginación y en la risa compartida.

Pero debajo de la broma aparece rápido el verdadero corazón del episodio. No están ahí solo para divertirse, aunque se nota que se la pasan bomba. Están ahí para meterle bisturí a una frase que mucha gente repite como si fuera verdad revelada: “nadie te va a amar como yo”, “nadie te va a coger como yo”, “nadie te va a encontrar otro como yo”. Esa idea, tan común en canciones, rupturas, despechos y egos lastimados, se convierte en el gran tema de la noche.

Lo interesante es que el programa no se queda en la pose fácil de decir “no, eso no es cierto” y ya. No. Óscar y Paloma entran a desmenuzar por qué nos creemos tan especiales, por qué a veces confundimos experiencia con superioridad y deseo con exclusividad. Y lo hacen desde un lugar poco frecuente: no se presentan como santos, tampoco como teóricos de escritorio. Hablan desde la experiencia, desde la prueba, desde los tropiezos, desde los años, desde la piel. Reconocen que no lo saben todo, pero también admiten que sí han vivido lo suficiente para tener con qué hablar.

Paloma lo aterriza con una honestidad que sacude. Dice que ella sabe que no es “la mera vena” absoluta, que incluso en otros programas ha descubierto cosas que no conocía. Y ahí el episodio da uno de sus primeros giros sabrosos: en vez de vender la pose del experto perfecto, reivindica la curiosidad. Saber mucho no significa haber llegado al techo. Al contrario: saber mucho también debería servir para reconocer cuánto falta por aprender. Como quien escala una montaña y descubre que arriba hay otra más alta. El ego aquí no desaparece, pero sí queda domado por la experiencia.

Entonces aparece una figura que recorre toda la charla como una sombra fascinante: la de la trabajadora sexual entendida no desde el prejuicio, sino desde la maestría. Ambos sugieren que alguien dedicado profesionalmente a dar placer probablemente tendría mucho que enseñarles todavía. Y ahí el programa se vuelve más interesante, porque rompe un viejo automatismo moral y pone en el centro una idea incómoda para muchos: la experiencia real vale más que la fantasía de superioridad.

Óscar mete entonces una línea que en el fondo resume la filosofía completa del episodio: cuando ya no hay oportunidad de subir de nivel, él se aburre. Lo dice sobre el sexo, pero en realidad lo está diciendo sobre la vida. Aprender, crecer, sorprenderse, descubrir un más allá. El deseo no como ansiedad vacía, sino como fuerza de evolución. No se trata solo de “ser bueno” en algo, sino de no dejar que la costumbre te convierta en mueble.

Y de pronto, como ocurre en las mejores conversaciones, el tema del sexo se conecta con algo más grande: el tiempo. La edad. La urgencia. La conciencia de que la vida no te avisa con timbre. Óscar lo aterriza con una crudeza simple: ve casos cercanos de gente relativamente joven a la que de la nada le cae la enfermedad o la tragedia. Y lanza una idea que se queda flotando mucho más allá del programa: “para mí, toda la vida es esta semana. Es más, hoy”. Esa frase no es solamente una provocación. Es la columna vertebral del episodio. No posponer la vida. No vivir en la ficción de que siempre habrá tiempo.

Después, el capítulo entra en una zona todavía más honda. Ya no se trata solo de desmontar el ego sexual, sino el ego afectivo. La idea de que una pareja se queda contigo porque eres irrepetible empieza a resquebrajarse. Óscar recuerda experiencias propias, mujeres que juraron amor eterno, historias en las que uno cree ser “el gran amor”, pero el tiempo demuestra otra cosa. Solo una de esas historias, dice, permaneció de forma real hasta el final; las demás se desvanecieron como humo. El mensaje no es cínico, sino brutalmente realista: muchas veces creemos que la otra persona siente exactamente lo mismo… y no necesariamente es así.

Ahí Paloma y Óscar llegan al punto más valioso del episodio: nadie está contigo porque seas un milagro sexual o emocional insustituible; está contigo porque hoy te elige. Y esa diferencia cambia todo. Le quita peso al ego y se lo devuelve a la voluntad. El amor maduro aparece entonces no como adoración ciega, sino como decisión consciente. No “te quedas porque no hay nadie como yo”, sino “te quedas porque pudiendo estar en otro lado, decides estar aquí”.

Esa parte del programa, aunque disfrazada de cotorreo, tiene algo casi filosófico. Porque al final habla de libertad. Habla de entender que la pareja no es propiedad. Que el deseo del otro no se garantiza por contrato. Que el afecto no se controla por currículum sexual. Y que confundirse ahí es la receta perfecta para el fracaso. Es, si se quiere, una lección sentimental envuelta en carcajadas y albures.

Y entonces, cuando el espectador ya está medio acomodado en esa zona reflexiva, el programa cambia de carril. El tono se afila. Se sueltan las anécdotas. Paloma anuncia su top cinco de experiencias sexuales más intensas, extrañas o desquiciadas, y ahí el episodio se convierte en una especie de montaña rusa confesional.

El número cinco es el sexo con extraños. No la novela, no el cortejo de quince capítulos, no el “vamos viendo”. Habla de la adrenalina de la novedad, del cuerpo que se decide rápido, del deseo que no pide biografía. Óscar responde con sus propias historias y entre ambos retratan una etapa de vida en la que el sexo podía ser impulso puro, ladrido inmediato, química sin manual. No lo romantizan demasiado: simplemente lo ponen sobre la mesa como una forma de vivir el deseo.

Luego viene el cuarto: la masturbación en lugares públicos sin que se note, en una escena narrada por Paloma con la mezcla perfecta de vergüenza, descaro y humor negro. La oficina de un familiar, la necesidad fisiológica, el riesgo, el secreto. No es tanto lo explícito lo que impacta, sino el retrato de una personalidad empujada por la travesura, por el límite, por esa pulsión de cruzar una raya solo para comprobar que existe.

El tercer momento sube la apuesta: el gusto por ser vista, por exponerse, por sentir esa mezcla de poder, riesgo y exhibición. Paloma lo plantea casi como una afirmación de presencia; Óscar admite que el morbo le llama, pero se frena por su condición de personaje público. Y ahí aparece otro contraste interesante: el deseo personal contra la reputación pública. La carne queriendo una cosa y la biografía digital diciendo “mejor no te metas en ese charco”.

Después llega un episodio que no estaba en el ranking como fantasía propia, sino como experiencia extraña vivida: un hombre que, tras el sexo, grita y golpea la pared de manera desbordada. No es exactamente un fetiche, sino un sobresalto. Un instante donde el placer del otro deja de ser sensual y empieza a parecer escena de exorcismo. Paloma lo recuerda entre asombro y risa nerviosa, como quien todavía no sabe si reírse o pedir protección civil.

Y finalmente llega el top del top. El momento más delirante del episodio. Un potrero. De madrugada. Vacas cerca. Calor. Pasto. Universidad. Una escena casi de realismo tropical. Y de pronto, en medio del encuentro, el hombre pide algo inesperado: que ella se ponga de cierta forma y le aviente un gas. La historia, contada así, suena a comedia absurda. Pero en el programa funciona como algo más: como recordatorio de que el deseo humano puede tomar rumbos que nadie imagina, y de que conocer los límites propios a veces ocurre justo cuando alguien te propone cruzarlos.

Lo mejor es que esa anécdota no se cuenta solo para escandalizar. Sirve también para plantear una idea de fondo: hay límites que sí puedes mover y otros que no. Hay curiosidades que puedes explorar, y hay puertas que, aunque existan, no estás obligado a abrir. El episodio no juzga; tampoco celebra todo. Simplemente deja claro que el deseo no es uniforme y que el consentimiento también incluye el derecho a decir “hasta aquí”.

Las conclusiones del programa aterrizan todo con elegancia. Paloma dice que siempre habrá alguien mejor en algo, así que la verdadera competencia es con uno mismo: aprender, escuchar a la pareja, mejorar, tomar nota. Óscar, por su lado, remata con una idea hermosa y bastante más profunda de lo que aparenta: si alguien está dispuesto a aceptarte todos los días, deberías sentirte afortunado y cuidar ese vínculo. No porque seas perfecto, sino porque alguien, con todos tus defectos, sigue eligiéndote.

Y quizá ahí está la grandeza silenciosa de La Guía del Deseo No. 7. Empieza jugando con moteles, películas porno imaginarias y confesiones incendiarias. Pero en el fondo termina hablando de algo mucho más serio: el deseo como impulso de vida, el amor como elección, el sexo como aprendizaje, y el ego como un disfraz que tarde o temprano se cae.

No es un episodio para moralistas de porcelana. Tampoco es un episodio para quien busca solemnidad de biblioteca. Es un programa de carne y pensamiento. De risa y espejo. De confesión y advertencia. Y sobre todo, es un capítulo que deja una frase vibrando mucho después del cierre: no estás con alguien porque sea insustituible; estás con alguien porque hoy, de entre mil razones para irte, encontraste una para quedarte.

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