El camión patriótico… con torta, lista y amenaza

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La Casa del Jabonero

En política hay acarreos que se organizan con entusiasmo, otros con lonche, otros con promesa… y luego está el presunto modelo Cadereyta: “o marchas o el lunes te vemos en Recursos Humanos”. Bonita manera de promover la democracia: con la credencial de empleado en una mano y el miedo al despido en la otra.

La denuncia que llega desde Cadereyta no es menor. Según testimonios de trabajadores municipales, desde las 6:00 de la mañana salieron 18 camiones rumbo a la capital del estado para participar en la concentración de apoyo a la presidenta Claudia Sheinbaum. Cuatro unidades habrían salido de la zona centro y otras 14 fueron enviadas a comunidades rurales para recoger personal y ciudadanos movilizados.

Y aquí empieza el jabón: una cosa es simpatizar, otra es organizar, y otra muy distinta es apretar desde el poder público para que el empleado municipal sacrifique su descanso, su tiempo y su libertad política por miedo a perder el sustento familiar.

El contexto nacional importa. El acto de Sheinbaum del 31 de mayo fue presentado como un informe nacional con transmisión simultánea en plazas públicas de los 32 estados, no como una orden de leva municipal para llenar camiones a fuerza de presión laboral.

Según los denunciantes, la instrucción fue clara: quien no asistiera debía presentarse el lunes a primera hora en Recursos Humanos “para enfrentar las consecuencias”. Traducido al castellano de oficina pública: “vas porque vas, y si no, ya sabes dónde firmar tu sentencia”.

Eso no se llama convicción. Se llama miedo administrado.

Y si algo debería preocuparle a cualquier gobierno —del color que sea— es que su músculo político dependa de trabajadores que van no porque crean, sino porque temen. Porque cuando un mitin necesita amenaza, deja de ser respaldo popular y empieza a parecer inventario de nómina.

Los testimonios también señalan a Al Hermano incómodo de la Presidente, como uno de los encargados de la organización. Según las versiones recibidas, a quienes venían de comunidades se les informó que “no había presupuesto” para pagarles asistencia, y que el apoyo se limitaría a una torta.

Ahí está la joya del día: para la ciudadanía no hay presupuesto; para mover camiones sí hay estructura; para compensar el tiempo de la gente no alcanza; para engordar la foto política, siempre aparece logística. La austeridad, como siempre, viaja en camión… pero con chofer.

Ahora, cuidado: jurídicamente, estas denuncias deben investigarse. No basta con señalar; hay que probar. Pero tampoco basta con negar; hay que explicar. La autoridad municipal tendría que aclarar quién pagó los camiones, quién autorizó la logística, si hubo listas de asistencia, si participaron funcionarios en horario laboral o bajo instrucciones de superiores, y si Recursos Humanos fue usado como garrote político.

La Ley General en Materia de Delitos Electorales contempla sanciones para conductas de presión o amenaza relacionadas con asistencia a eventos proselitistas, aunque cada caso debe revisarse según su contexto y temporalidad. Además, cuando servidores públicos cometen delitos electorales, la ley prevé inhabilitación y, en su caso, destitución.

Pero más allá del expediente legal, está el expediente moral.

Morena llegó al poder prometiendo acabar con las viejas prácticas: el acarreo, la amenaza, la torta, el pase de lista, el condicionamiento, el “jefe dice que hay que ir”. Si hoy eso se repite, entonces no estamos frente a una transformación: estamos frente a una mudanza de colores en la misma vieja combi.

Porque el problema no es que alguien apoye a Claudia Sheinbaum. Cada ciudadano tiene derecho a simpatizar con quien quiera. El problema es que un trabajador municipal sienta que su empleo depende de aplaudir donde le ordenen. La libertad política no puede convertirse en prestación laboral obligatoria.

Y si de verdad el apoyo era tan genuino, ¿para qué la amenaza?
Si la gente iba convencida, ¿para qué Recursos Humanos?
Si era voluntario, ¿para qué camiones organizados desde el poder?
Si era pueblo, ¿por qué olía tanto a nómina?

La política se mide en votos, en resultados y en congruencia. No en cuántas tortas se reparten ni en cuántos camiones se llenan con gente que mira por la ventana pensando: “yo solo vine porque tengo hijos que mantener”.

Cadereyta merece una explicación pública. No un boletín bonito. No una foto sonriente. No una transmisión con música heroica. Una explicación seria: quién mandó, quién pagó, quién presionó y quién permitió que el gobierno municipal se convirtiera en agencia de transporte político.

Porque cuando el poder usa el miedo para fabricar apoyo, no está construyendo movimiento. Está haciendo teatro. Y del más barato: con camión rentado, torta fría y amenaza caliente.

La Casa del Jabonero lo dice claro:
la democracia no se llena con acarreados; se defiende con ciudadanos libres.

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