La Casa del Jabonero
En política hay accidentes, incidentes y, luego, están las sobreactuaciones. Lo ocurrido con el viaje en globo aerostático del presidente municipal de Ezequiel Montes pudo haberse quedado en un episodio incómodo: un aterrizaje fuera de ruta, un predio privado, una discusión por una presunta indemnización y un video que corrió como pólvora en redes. Hasta ahí, un hecho llamativo, embarazoso quizá, pero administrable. Según la información recibida por este medio, el globo aterrizó en una propiedad de una calera en San Antonio de la Cal, en Tolimán, y ahí se generó el conflicto por la salida del predio y por un supuesto pago exigido para liberar el paso.
Pero el verdadero problema no fue el aterrizaje. El verdadero problema vino después, cuando el presidente decidió convertir un incidente en un alegato kilométrico de justificación personal. Porque una cosa es aclarar los hechos, y otra muy distinta es aventarse una tesis doctoral para explicar por qué se subió al globo, por qué era temprano, por qué no estaba en horario laboral, por qué la empresa era muy profesional, por qué el proyecto turístico podría ser bueno para Bernal, por qué él era solo un invitado y por qué, en su versión, nada de lo ocurrido merecía mayor escándalo. En su propio relato, dijo que era la prueba número 10 de un total de 25 vuelos para evaluar la viabilidad de globos aerostáticos en Bernal, que fue invitado por la empresa y que aterrizaron en otro punto por cuestiones climáticas y de seguridad.
Y es ahí donde aparece el viejo refrán mexicano que no suele fallar en el diagnóstico: a explicación no pedida, acusación manifiesta.
Según su propia versión, no se trataba de un paseo cualquiera, sino de una revisión ligada a un proyecto turístico para evaluar la viabilidad de vuelos en globo en Bernal; incluso dijo que acudió invitado por una empresa, acompañado por la directora de Turismo, como parte de una prueba dentro de un proceso de 25 vuelos.
Muy bien.
Entonces viene la pregunta que lo descompone todo:
¿Si de verdad era una revisión seria de un posible proyecto turístico para Bernal, por qué no lo comunicó como proyecto desde el primer minuto?
Porque cuando un alcalde quiere presumir gestión, no se esconde: saca el video, sube la foto, lanza el mensaje, presume la visión, habla de inversión, de turismo, de innovación, de derrama económica, de experiencia para visitantes y hasta de lo maravilloso que se verá la Peña desde el cielo. Y más si, como él mismo dice, le encantó la experiencia y cree que puede sumar a la oferta turística del municipio.
Pero no ocurrió así.
No vimos al presidente grabando desde el punto de salida: “Estamos revisando un nuevo proyecto turístico para Bernal”.
No vimos un mensaje institucional: “Hoy realizamos una prueba técnica”.
No vimos una postura preventiva: “Estamos explorando opciones para fortalecer el turismo”.
No vimos el entusiasmo oficial hasta que el video incómodo se volvió viral.
Y ahí está lo interesante: el proyecto apareció con claridad cuando apareció el problema.
Porque nadie le estaba exigiendo una homilía aeronáutica ni una defensa oral con tesis, antítesis y turismo de aventura. El punto era mucho más sencillo: un alcalde apareció involucrado en una escena irregular, incómoda, viral, y en vez de ceñirse a los hechos, decidió abrir un paraguas narrativo tan grande que terminó cubriendo cosas que nadie le había preguntado. Cuando alguien se defiende de más, no siempre se exculpa: a veces se delata políticamente. No de un crimen, no de un pecado, sino de una preocupación. Y la preocupación, en política, huele más fuerte que el combustible DE UN QUEMADOR DE GLOBO.
El presidente dice que él no tenía nada que resolver porque solo era pasajero invitado. Puede ser. También dice que no usó su cargo, que no pagó nada, que no sufrió daño alguno y que el conflicto fue entre particulares. Puede ser también. Pero incluso si se acepta completa su versión, el problema público no desaparece: UN ALCALDE NO DEJA DE SER ALCALDE PORQUE AMANEZCA TEMPRANO NI PORQUE LE REGALEN EL BOLETO. Un servidor público no se baja del cargo como quien se baja de la canastilla. Si está promoviendo, explorando o validando un proyecto turístico para su municipio, entonces no va como simple turista despistado que cayó por accidente en una discusión ajena; va como figura pública, como autoridad y como rostro político del proyecto. Y eso implica responsabilidades, aunque no le guste la turbulencia.
Más todavía: el alcalde quiso trasladar el eje del debate desde el percance hacia una supuesta agresión mediática. Dijo que ciertos medios difundieron FAKE NEWS, que actuaron con sensacionalismo y que incluso incurrieron en un enfoque misógino y machista al sugerir una relación con la directora de Turismo. El detalle es que, en Voz y Testimonio, a quien acusó directamente, el rótulo inicial de “los tórtolos” puesto en el video que se hizo viral, fue retirado casi de inmediato y no se hizo una afirmación expresa sobre una relación sentimental alguna, sólo se hizo la referencia como aves que van volando. Es decir: el presidente peleó, sobre todo, contra la interpretación que él mismo decidió construir.
Y ahí se metió solo en otra canastilla, pero ahora sin piloto.
Porque usar la bandera de la misoginia para blindarse políticamente frente a una crisis de comunicación, puede ser una jugada muy delicada. La defensa de la dignidad de las mujeres debe tomarse con toda seriedad, no como cortina de humo ni como maniobra para desplazar el foco. Si hubo una imputación directa, habrá que exhibirla tal cual. Si no la hubo, entonces lo que hubo fue una amplificación conveniente: convertir una palabra ambigua en una acusación formal, y una crítica incómoda en una ofensa de género. Eso no esclarece; eso contamina.
Lo más revelador no fue el globo. Fue el tamaño del video en vivo. Fue la necesidad de extender, adornar, redondear y moralizar un asunto que, bien manejado, cabía en tres frases: “Fui invitado a una prueba de un proyecto turístico. Hubo un aterrizaje fuera del punto previsto. El diferendo fue entre la empresa y los propietarios del predio. Fin.” Pero no. Hubo que meter la experiencia maravillosa, la vista a la Peña, el profesionalismo de la empresa, las pruebas técnicas, la hora exacta, la agenda laboral, la ingeniería ambiental, la Sedena, Protección Civil, los medios, la misoginia, los opositores, las compañeras de trabajo y hasta una clase intensiva de cómo interpretar detonaciones en bancos de materiales. Cuando una aclaración parece maratón, deja de ser aclaración: se vuelve control de daños con piernas temblorosas.
En el fondo, la moraleja política es bastante simple: el poder no siempre cae por un gran escándalo; a veces tropieza por no saber callar a tiempo. Un incidente menor puede sobrevivirse. Lo que no siempre sobrevive es la tentación de explicarlo todo, de pelear con todos, de victimizarse ante todos y de presentar como conspiración mediática lo que quizá era solo un video incómodo con muy mala puntería para aterrizar.
Y no, esta columna no necesita entrar al terreno de rumores personales ni de vida privada no comprobada. Ahí no hay periodismo serio; ahí hay lodo. La crítica política suficiente está en otro lado: en el manejo del poder, en la reacción pública, en la narrativa elegida y en la facilidad con la que algunos gobernantes cambian de papel, del funcionario responsable al pasajero inocente, y del pasajero inocente al mártir mediático, todo en un solo despegue.
Al final, el globo aterrizó.
Lo que sigue flotando es la credibilidad de un alcalde que ya la perdió.








