Colón: el municipio donde la violencia ya no toca la puerta

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… la derriba

Hay municipios donde la inseguridad aparece como episodios aislados. Y hay otros donde comienza a dibujarse un patrón inquietante. Colón parece caminar peligrosamente hacia lo segundo. Lo ocurrido en Purísima de Cubos, donde vecinos denuncian que sujetos presuntamente lanzaron bombas molotov contra un vehículo en cuyo interior se encontraba una menor de edad, no puede verse como un hecho anecdótico o una simple disputa entre particulares. Si el nivel de violencia ha escalado hasta poner en riesgo la vida de una niña, entonces el problema dejó de ser vecinal para convertirse en un asunto de seguridad pública y gobernabilidad.

Más grave aún es que, según testimonios vecinales, no se trata de un hecho aislado. Los propios habitantes aseguran que estas agresiones son recurrentes, que los conflictos se repiten con frecuencia y que el miedo ha comenzado a instalarse como parte de la vida cotidiana. Cuando la ciudadanía siente que tiene más posibilidades de ser escuchada enviando videos a medios de comunicación que presentando denuncias ante la autoridad, algo está fallando profundamente. No es sólo un problema de delincuencia; es una crisis de confianza institucional.

Y mientras Purísima de Cubos enfrenta este clima de tensión, otro hecho violento se suma al retrato preocupante del municipio. En las fiestas patronales de Santa Rosa, un pleito entre grupos terminó, según la información disponible, con un joven muerto de un disparo en la cabeza. Si las celebraciones comunitarias terminan en tragedia y muerte, el mensaje es brutal: la violencia ya no distingue espacios. Ya no se limita a rincones apartados. Se instala incluso en eventos públicos donde debería prevalecer la convivencia.

Como si eso no bastara, en la comunidad de La Esperanza se registró otro hecho alarmante. La Telesecundaria “Congreso de Anáhuac” fue vandalizada, pintarrajeada y, peor aún, se reportaron amenazas de una posible balacera en el plantel. Aquí ya no hablamos sólo de daños materiales o actos vandálicos. Estamos hablando de amenazas directas en un espacio educativo, donde diariamente conviven adolescentes, docentes y personal administrativo. Si la violencia llega a las escuelas y genera temor entre estudiantes y familias, el problema deja de ser un foco rojo: se convierte en una emergencia social.

La pregunta es inevitable: ¿qué está ocurriendo con la seguridad en Colón? Porque una cadena de hechos violentos en distintas comunidades no puede despacharse como mera coincidencia. Purísima de Cubos, Santa Rosa, La Esperanza… nombres distintos, pero un mismo síntoma: ausencia de control, falta de prevención y una sensación creciente de abandono institucional. Cuando los conflictos escalan, las amenazas circulan y las tragedias se multiplican, la responsabilidad política no puede esquivarse.

Aquí es donde entra la figura del gobierno municipal y, particularmente, del presidente municipal. Gobernar no es aparecer en actos públicos, cortar listones o construir una narrativa de tranquilidad mientras las comunidades hierven. Gobernar implica anticiparse al conflicto, fortalecer la seguridad preventiva, atender denuncias y reaccionar con firmeza cuando la violencia comienza a ganar terreno. El problema no es sólo cuántas patrullas hay o cuántos policías están en activo; el verdadero problema es si existe una estrategia seria o simplemente se administra la crisis con silencio.

Porque el silencio también gobierna. Y cuando desde la autoridad no se comunica, no se actúa o no se genera confianza, el mensaje que recibe la población es devastador: “arréglense como puedan”. Ese vacío es terreno fértil para que crezcan grupos violentos, para que el miedo sustituya a la convivencia y para que las familias empiecen a sentir que viven solas frente al problema.

Colón no puede normalizar esto. No puede aceptar como cotidiano que haya ataques con bombas molotov, homicidios en fiestas patronales, amenazas en escuelas y comunidades enteras viviendo bajo tensión. Porque cuando una sociedad empieza a acostumbrarse a la violencia, el deterioro institucional ya está muy avanzado.

La seguridad no puede ser reactiva ni cosmética. Lo que ocurre en Colón exige una respuesta inmediata, seria y visible. Porque si hoy las comunidades sienten miedo de salir, de denunciar o incluso de mandar a sus hijos a la escuela, entonces el problema ya no es percepción.

Es realidad.

Artículo Colón seguiridad

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