La noche está callada, pero no tranquila. Desde los primeros segundos del video, la atmósfera se impregna de algo extraño, casi opresivo. Nos encontramos en un corralón lleno de autos chocados, motocicletas destrozadas y fierros oxidados. Es el escenario de una nueva expedición del equipo de Voz y Testimonio, donde no hay guiones, solo una linterna, una cámara y la incertidumbre de lo que se pueda encontrar.
El conductor nos introduce al lugar explicando que estos espacios, donde ha habido muertes, suelen ser más cargados energéticamente que un panteón. Aquí –nos dice– se aparece una niña entre los coches. Avanzan con cautela, observando los vehículos que muestran señales claras de haber estado involucrados en accidentes fatales. Algunos están tan destruidos que ni siquiera han sido reclamados por sus dueños.
Cada paso que dan es un riesgo: vidrios rotos, telarañas, fierros salidos, incluso posibles víboras. El ambiente es denso. Mientras recorren, se topan con vehículos totalmente calcinados, autobuses abandonados y camiones volcados. La tensión crece cuando encuentran restos que podrían ser de sangre o señales de impacto que provocaron la expulsión de pasajeros, especialmente niños.
El recorrido se convierte en una odisea entre lamentos del viento, ramas que se quiebran y caminos bloqueados. Un momento culminante ocurre cuando descubren una fosa séptica que casi pasan por alto, lo que aumenta el peligro físico y simbólico del lugar. Finalmente, en lo alto de un autobús viejo, observan el terreno desde las alturas, en medio de un silencio que hiela la piel.
Es una noche de respeto, miedo y preguntas sin respuesta. ¿Qué queda después del accidente? ¿La muerte se va… o se queda en el lugar del impacto?