Y El Plebiscito Fantasma”
Cuando la democracia se anuncia en cartelera, pero nunca llega a salas.
Sinopsis
Cadereyta de Montes fue promocionada como escenario de un ejercicio inédito de participación ciudadana: un plebiscito para decidir sobre la municipalización del agua. El anuncio prometía una historia intensa, con ciudadanos protagonistas y un final decidido en las urnas. Pero la película nunca se filmó. No por censura, ni por causas externas, sino por una omisión tan simple como demoledora: no se firmaron convenios y no se pagó lo indispensable para que la función existiera.
Primer acto: El tráiler democrático
El 18 de diciembre, el Instituto Electoral del Estado de Querétaro aprobó el guion completo. Fechas, simulacros, logística y presupuesto estaban claros. El plebiscito se programó para el 22 de marzo, con ejercicios previos los días 8 y 15. El tema no era menor: el control del agua, uno de los asuntos más sensibles y politizados del municipio. El costo total rondaba los 7.9 millones de pesos; el primer pago, poco más de 2.3 millones, debía realizarse antes del 16 de enero.
Todo estaba listo. Solo faltaba el protagonista.
Segundo acto: El silencio administrativo
La fecha límite llegó… y pasó. No hubo firma de convenio. No hubo depósito. No hubo explicación pública clara. El Instituto Electoral, como productor responsable, hizo lo único que podía hacer: cancelar la filmación. Sin recursos ni respaldo legal, el plebiscito quedó oficialmente fuera de cartelera.
Aquí es donde la cinta cambia de género. De drama democrático pasó a comedia involuntaria.
El conflicto real: miedo al resultado
En Cadereyta, hablar de municipalizar el agua no es un debate técnico; es un campo minado político. Someter el tema a consulta implicaba aceptar un riesgo: que la ciudadanía decidiera algo distinto a la narrativa oficial. Y en esta película, todo indica que el verdadero terror no era el costo del plebiscito, sino el posible veredicto del público.
Porque si hubo interés real, ¿por qué no se cumplió con el trámite más básico? ¿Por qué anunciar una consulta sin garantizar su viabilidad? ¿Por qué vender boletos para una función que nunca se pensó proyectar?
Reparto secundario: la ciudadanía ignorada
Mientras los discursos hablaban de “participación” y “escuchar al pueblo”, en los hechos se canceló el único mecanismo que permitía convertir esas palabras en decisión vinculante. El mensaje fue claro: la democracia participativa es bienvenida… siempre y cuando no incomode.
Epílogo
“Cadereyta: El Plebiscito Fantasma” deja una lección amarga. No basta con anunciar consultas ni con posar como defensores del pueblo. La democracia cuesta, implica riesgos y exige coherencia. Aquí no falló el Instituto, ni la ley, ni los tiempos. Falló la voluntad política.
Y como en muchas malas películas, el público se quedó sin final… pero con la sensación de que todo fue una simulación desde el principio.






