Cartel de Película: Crítica política en clave cinematográfica
Sinopsis
En Cadereyta, la feria ya no parece una fiesta del pueblo, sino una producción de control absoluto. En esta nueva entrega del cine político municipal, el Cabildo aprobó por mayoría el comité organizador de la Feria Cadereyta 2026, pero el aplauso no fue unánime. Al contrario: entre las bancas de oposición se escuchó el reclamo de que el evento más emblemático del municipio ha dejado de ser una celebración ciudadana para convertirse en una escenografía administrada desde el poder.
La protagonista vuelve a tomar el papel principal. Por segunda ocasión consecutiva, la presidenta municipal encabezará el comité organizador, acompañada únicamente por funcionarios de su círculo administrativo. Y ahí arranca el conflicto de esta película: donde antes había comités ciudadanos, ahora hay una estructura cerrada, vertical y cuidadosamente controlada desde Palacio.
Primer acto: el regreso de la protagonista
La escena ocurre en Pathé, durante una sesión ordinaria de Cabildo que bien pudo filmarse como una secuencia de tensión política. La propuesta entra a cuadro: la alcaldesa como presidenta del comité, la tesorera municipal como tesorera y el oficial mayor como vocal. Un reparto sin sorpresas, pero sí con consecuencias.
El problema no es solo quién aparece en pantalla, sino quién quedó fuera del casting. Durante más de 50 ediciones, la feria fue organizada por comités ciudadanos, una tradición que le dio identidad, arraigo y sentido comunitario al mayor escaparate de Cadereyta. Pero en esta secuela, la ciudadanía ha sido borrada del guion.
Segundo acto: juez, parte… y estrella del cartel
Los regidores opositores hicieron el papel que suele incomodar al director: cuestionar la lógica del libreto. Orlando Muñoz lo resumió con una frase que en cualquier tráiler sonaría demoledora: la presidenta se está apuntando sola para ser “juez y parte”.
Y es que la crítica no es menor. Cuando quien gobierna también se coloca al frente del evento más vistoso, más rentable y más políticamente rentable del municipio, el riesgo es evidente: la representación institucional se mezcla con la promoción personal. La feria deja de ser fiesta y se convierte en plataforma.
Aquí la película ya no parece costumbrista; se vuelve un thriller de centralización. Porque no se trata solo de organizar una feria, sino de controlar el símbolo más importante de convivencia, identidad y derrama económica del municipio.
Tercer acto: el pueblo, otra vez como extra
La contradicción central de esta cinta es brutalmente simple: un gobierno que predica “soberanía ciudadana” termina cerrando la puerta al ciudadano cuando se trata de decidir quién organiza la tradición más importante del pueblo.
La oposición lo dijo con claridad: resulta incongruente invitar a la ciudadanía a participar en programas como “Los Caminos son Nuestros” y, al mismo tiempo, excluirla de la feria. Es como vender una película de participación comunitaria… pero sin público, sin actores sociales y sin pueblo.
En esta historia, la sociedad civil no es protagonista. Apenas si la dejan como espectadora.
Cuarto acto: la secuela sin rendición de cuentas
Pero quizá la escena más delicada no está en la integración del comité 2026, sino en la sombra que arrastra la feria anterior. Los regidores exigieron algo elemental: antes de arrancar una nueva edición, que se entregue el informe detallado de la Feria Cadereyta 2025.
Y ahí el guion se complica todavía más. Porque no se puede vender la secuela sin explicar qué pasó con la primera parte. ¿Cuánto se recaudó? ¿Cómo se gastó? ¿Dónde está el balance? ¿Cuál fue el resultado real? En cualquier producción seria, antes de pedir otra inversión se presentan cuentas. En esta película, en cambio, quieren arrancar la segunda función sin mostrar la taquilla de la anterior.
Eso convierte el conflicto en algo más que político: lo vuelve ético.
El conflicto real: la feria como símbolo del poder
Lo que está en juego no es solo un comité. Es el modelo de gobierno. La feria es la metáfora perfecta de cómo una administración entiende el poder: si como una tarea compartida con la ciudadanía o como una vitrina controlada desde arriba.
Por eso la molestia de la oposición no es caprichosa. Lo que denuncian es una sustitución silenciosa: la comunidad desplazada por la burocracia, la tradición reemplazada por la verticalidad, la participación sustituida por la obediencia administrativa.
Y cuando eso ocurre en la fiesta más importante del municipio, el mensaje es más grande que la feria misma.
Epílogo
“La Feria es Mía” es una película sobre el control. Sobre cómo un gobierno que habla en nombre del pueblo puede terminar gobernando sin él. Sobre cómo una tradición de más de medio siglo puede ser absorbida por una lógica de centralización política. Y sobre cómo la fiesta, cuando deja de pertenecer a la comunidad, corre el riesgo de convertirse en simple propaganda con juegos mecánicos.
La aprobación ya ocurrió. El comité ya quedó armado. Pero el verdadero estreno será otro: cuando la ciudadanía vea si la Feria 2026 sigue siendo suya… o si terminó convertida en un evento oficial con acceso restringido al espíritu del pueblo.
Porque en política, como en el cine, hay algo que el público detecta de inmediato:
cuando la historia ya no se cuenta para ellos, sino para el lucimiento de quien ocupa el papel principal.
Clasificación: Apta para mayores de edad con criterio político formado. No recomendada para quienes prefieren las continuidades sin cuestionamientos.











