El camino roto y la culpa aventada: la crisis rumbo a El Doctor

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Cadereyta, Qro.- Hay caminos que se rompen por la lluvia, por los deslaves, por el abandono. Y hay otros que además se quiebran por el discurso oficial. El acceso hacia la delegación de El Doctor, en el municipio de Cadereyta, hoy parece resumir ambas tragedias: un tramo visiblemente colapsado, agrietado, vencido hacia el barranco, y una autoridad municipal que, en vez de asumir el problema, intenta sacudirse la responsabilidad como quien se limpia el polvo de los zapatos.

Las imágenes son contundentes. No necesitan mucho adorno porque ya de por sí son una acusación. El pavimento aparece partido en grandes placas, como si la tierra hubiera decidido reclamar lo que era suyo. En varios puntos, la carpeta asfáltica está abierta por grietas profundas; en otros, la orilla del camino simplemente desapareció. El muro lateral de piedra quedó fracturado, vencido, interrumpido por derrumbes. Hay zonas donde el corte del terreno deja ver que el talud cedió por completo y que la carretera quedó peligrosamente al borde del vacío.

En una de las fotografías se observa un tramo con fracturas longitudinales y hundimientos severos, donde el carril prácticamente se convirtió en una trampa. En otra, el deslizamiento de tierra arrastró parte de la estructura lateral, dejando una cicatriz abierta sobre la ladera. También se aprecia una lona de advertencia que dice: “¡Precaución! Zona de deslaves. Maneje con cuidado”. El problema es que, a estas alturas, el mensaje parece más confesión que prevención: la autoridad sabe del riesgo, lo reconoce, lo anuncia… pero no lo resuelve.

Más grave todavía: en algunos puntos solo colocaron piedras, troncos y cintas improvisadas para alertar a los automovilistas. Una especie de “ingeniería de la resignación”. Como si la consigna fuera: no vamos a arreglarlo, pero al menos que nadie diga que no avisamos. Eso no es atender una emergencia vial; eso es administrar el peligro.

El paisaje alrededor, además, vuelve más delicada la situación. Los cerros muestran huellas de incendio o desgaste severo, con árboles ennegrecidos y laderas desnudas. Esa condición del terreno incrementa el riesgo de nuevos deslaves, reblandecimiento y colapso. Es decir: no se trata de un simple bache ni de una fisura menor. Lo que se observa es daño estructural en un camino serrano, con riesgo real para quienes transitan por él.

Y en medio de esa evidencia, lo que indigna no es solo el deterioro, sino la maniobra política. Según lo que denuncian habitantes, desde la presidencia municipal se estaría difundiendo la versión de que ese camino corresponde al gobierno estatal, con el aparente objetivo de trasladarle el costo político del abandono. El viejo deporte mexicano: si no lo arreglé, entonces digo que no me tocaba. Si la obra se cayó, que la culpa se vaya cuesta abajo también.

Aquí está el fondo del asunto: una cosa es solicitar apoyo al estado para atender una vía dañada por deslaves o por una emergencia extraordinaria. Eso puede ocurrir y sería lógico. Pero otra muy distinta es construir un relato para deslindarse por completo y, peor aún, agitar a los ciudadanos con una versión presuntamente falsa para orientar el enojo hacia otro nivel de gobierno. Eso ya no es gestión; eso es propaganda con piedras sueltas.

La ciudadanía no necesita operadores del enojo. Necesita responsables. Porque mientras desde el escritorio se reparte la culpa, allá arriba la gente circula por un camino roto, con un carril cercenado, con hundimientos, derrumbes y advertencias improvisadas. Quien vive en la sierra no transita por capricho; transita porque necesita llegar, salir, trabajar, atenderse, estudiar, vender, comprar, vivir. Para muchas comunidades, un camino así no es una incomodidad: es una amenaza directa a su movilidad, a su economía y a su seguridad.

La escena que retratan las fotografías no solo exhibe una falla de infraestructura. Exhibe también una falla de gobierno. Porque cuando una autoridad intenta convertir un problema local en pleito político, el mensaje es claro: le preocupa más ganar la narrativa que recuperar el camino. Y un camino destruido no se recompone con discursos, ni con reuniones para “alborotar” a la gente, ni con culpables de ocasión.

Lo que procede es simple, aunque al parecer no sencillo para quienes gobiernan: informar con verdad, asumir la competencia que corresponda, transparentar qué acciones se han realizado, cuánto costará la reparación, de qué partida saldrá el recurso, qué apoyo se ha pedido formalmente a otras instancias y en qué plazo habrá intervención real. Lo demás es puro derrumbe verbal.

Porque al final, la imagen más dura no es la de la carretera abierta en canal ni la del borde desplomado sobre la barranca. La imagen más dura es la de un poder municipal que, frente al colapso, decide no reparar primero la vialidad, sino su coartada.

Y eso, políticamente, también es un deslave.

En El Doctor no solo se está cayendo el camino; también se está cayendo el pretexto.

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