La primera vez nunca se olvida

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Besos, fajes, miedo, deseo y cicatrices | La Guía del Deseo 6

Hay temas que siempre parecen sencillos hasta que alguien se atreve a abrirlos de verdad. “La primera vez” es uno de esos. En apariencia, basta con mencionarla para que la memoria haga su trabajo: un beso, una mano temblorosa, una película que nadie vio porque el corazón estaba en otra parte, una tarde escondida, una música de fondo, un error glorioso o una torpeza inolvidable. Pero cuando La Guía del Deseo 6 pone ese tema sobre la mesa, pronto queda claro que no va a hablar solo de sexo. Va a hablar de cómo empezamos a descubrirnos, de cómo el deseo se asoma primero como intuición y luego como vértigo, de cómo el cuerpo aprende casi siempre antes que la cabeza, y de cómo hay recuerdos que uno puede contar entre risas… y otros que todavía duelen aunque se disfracen de chiste.

El episodio arranca con el tono que ya es marca de la casa: confianza, ironía y esa complicidad de dos personas que saben reírse incluso de sus propias vergüenzas. Óscar y Paloma anuncian que hoy hablarán de “las primeras veces”, no solo de la primera relación sexual, sino del primer beso, del primer faje, del primer contacto con el cuerpo ajeno y de todos esos pequeños episodios que, vistos en perspectiva, terminan siendo piezas de una misma iniciación. Es un arranque inteligente, porque no se van directo al clímax del tema: primero abren el cajón de la memoria. Y ahí, como suele pasar, lo primero que sale no es el acto, sino la fantasía.

Óscar recuerda que, de niño, su primer deseo de besar estaba dirigido nada menos que a su maestra de kínder. No era una compañerita, no era una travesura entre pares: era esa figura adulta que encarnaba admiración, protección, presencia, algo parecido al primer amor sin nombre. Paloma responde con su propia estampita de infancia: Pablito Ruiz como objeto de fascinación absoluta, una especie de póster sagrado al que habría besado de haberlo tenido cerca. En ambos relatos hay ternura y humor, pero también una verdad universal: el deseo nace antes de que uno sepa explicarlo.

Lo hermoso del capítulo es que no se queda en la anécdota simpática. Cuando Paloma narra su primer beso real, la historia se llena de una nostalgia muy precisa: la secundaria, los recreos, las escaleras, el niño que insistía en platicar con ella y ese momento en que, sin que ella tuviera del todo claro lo que venía, ocurrió el beso con lengua, el contacto húmedo y extraño que de pronto parecía confirmar algo mucho más grande que un romance adolescente: por fin alguien se había fijado en ella. Eso es importantísimo en el relato, porque la emoción del primer beso no está contada solo desde el placer físico, sino desde la validación emocional. A esa edad, sentirse elegida pesa más que cualquier teoría del amor romántico. El beso, entonces, no es solo boca contra boca: es una especie de acta de existencia en el mundo afectivo. Ahí empieza a entenderse por qué estos recuerdos no se borran. No por perfectos, sino por fundacionales.

Pero justo cuando el programa podría seguir avanzando por el carril de la nostalgia chispeante, aparece el golpe más duro del episodio. Al hablar de su propia primera experiencia, Óscar explica que no la recuerda como algo limpio ni bonito, porque fue abusado sexualmente y su memoria terminó expulsando parte de ese momento. El tono cambia sin hacer ruido, como cambia la luz cuando se nubla de golpe. Lo que estaba siendo una conversación sobre despertar emocional se convierte de pronto en testimonio. Óscar no lo cuenta para llamar la atención ni para dramatizar; lo cuenta porque es parte de la verdad de su biografía. Dice que esa herida le dejó durante años una sensación de suciedad interior, de no ser digno de nadie, de querer ser amado pero sentirse usado. Y ahí el programa hace algo muy valioso: no romantiza el trauma, no lo convierte en espectáculo, pero tampoco lo barre debajo del tapete. Lo deja en medio de la conversación, con el peso que merece. Porque también eso forma parte de las primeras veces: no todas llegan envueltas en curiosidad o ternura; algunas llegan como violencia y dejan la tarea dolorosa de reconstruirse después.

A partir de ahí, el capítulo se vuelve más rico porque alterna dos trayectorias muy distintas. Por un lado, la de Óscar, marcado por la necesidad de reparar emocionalmente lo roto, de acercarse al amor con cautela y con una idea muy clara de respeto. Por el otro, la de Paloma, que entra al territorio del deseo adolescente con esa mezcla tan común de curiosidad, ignorancia, impulso y aventura. Ella cuenta cómo llegó el primer tocamiento de pecho en el cine, con un muchacho que ya era su novio, en plena película que nadie vio porque el centro del universo estaba en otro lado. La escena tiene esa textura que solo tienen los recuerdos decisivos: se acuerda de la película, del gesto, del asombro, de cómo se grabó en ella. No es un relato solemne; es travieso, suelto, casi carcajeado. Pero precisamente por eso se vuelve real. Porque casi nadie vive esas cosas con música celestial: se viven entre nervios, bostezos fingidos y manos torpes que están aprendiendo.

Después el episodio escala al primer faje. Y ahí aparece uno de los pasajes más vivos del programa: los fajes en el camión escolar, las chamarras como muralla improvisada, el viaje convertido en escondite emocional y físico. Es un retrato perfecto de la adolescencia mexicana: mucha hormona, poco espacio, demasiada imaginación. Mientras la escuela educaba por un lado, la realidad sentimental y sexual se estaba desarrollando por otro, casi en clandestinidad. El camión no era solo transporte; era un pequeño laboratorio del deseo. Y eso conecta muy bien con otra capa del programa: la educación sexual insuficiente. Porque mientras Paloma y sus amigos andaban descubriendo el cuerpo a base de intuición y atrevimiento, el discurso “formal” sobre sexualidad parecía estar hecho de cápsulas pobres, frases huecas y información a medias. El resultado era obvio: todo mundo practicaba mucho antes de entender realmente lo que estaba haciendo.

Óscar, en contraste, narra su primer gran faje con otra cadencia. Hay una novia, una casa de tía, un ambiente más resguardado, una idea de límite. Él insiste varias veces en que, aunque ya había deseo, no quería sobrepasar cierta línea porque para él eso tenía que ver con el respeto. Es un momento revelador, porque deja ver que su relación con la intimidad estaba atravesada por algo más que calentura: estaba mediada por el miedo a invadir, a violentar, a repetir de algún modo lo que él mismo había vivido del lado oscuro. Mientras Paloma narra una adolescencia que se avienta, Óscar representa una adolescencia que contiene. Ninguna postura invalida a la otra; al contrario, juntas dibujan un mapa más completo del deseo: uno donde caben tanto la impulsividad como la cautela, tanto la experimentación como el cuidado.

Uno de los tramos más fuertes del episodio llega cuando Óscar cuenta que, ya en la prepa, buscó orientación con un maestro de biología que además era doctor, porque quería prepararse para tener relaciones con responsabilidad. Lo que pudo haber sido una anécdota de madurez se transforma en horror: con diversos pretextos, ese médico separaba a la novia de Óscar y terminó abusando de ella. Es, sin exagerar, uno de los momentos más duros y más importantes del programa, porque retrata no solo el abuso en sí, sino la vulnerabilidad brutal de los jóvenes cuando buscan respuestas en figuras supuestamente confiables. Aquí la educación sexual ya no aparece como carencia abstracta, sino como territorio de riesgo. No bastaba con querer hacer las cosas bien; también había que encontrar a quién creerle. Y a veces el adulto con bata, título y consultorio era justamente el monstruo.

Y sin embargo, la vida sigue con su lógica rara: mezcla dolor, humor, ignorancia y deseo en una misma licuadora. Paloma, ya metida en la etapa más atrevida de su adolescencia, relata con una sinceridad casi desarmante su primera experiencia oral. Lo interesante no es solo el acto, sino el diálogo interno que lo acompaña. Más que el gesto físico, le impacta la palabra, la carga moral, la idea de que había cruzado cierta frontera y que ahora entraba a otra categoría simbólica, casi como si hubiera sido expulsada de la república de las niñas bien para entrar al territorio de las “puercas”. Y ahí aparece una de las contradicciones más humanas del episodio: le parecía fuerte, incluso sucio en su imaginario, pero al mismo tiempo admite que le gustó y que lo repetiría. Esa tensión entre culpa y deseo está narrada de forma brutalmente honesta. No intenta quedar bien. No intenta verse decente. Cuenta lo que pasó dentro de su cabeza. Y eso vuelve el relato muchísimo más valioso que cualquier falsa pulcritud.

Luego llega la primera relación sexual completa de Paloma, y ahí el capítulo entra a su tramo más cinematográfico. No porque esté adornado, sino porque tiene detalles concretos que lo vuelven inolvidable: la casa del muchacho, el cuarto improvisado en la planta baja, la música puesta para que los padres no escucharan, un partido de los Bulls en la televisión, la pena de abrir las piernas, la torpeza de una experiencia en la que el cuerpo estaba más adelantado que la comprensión. Ella misma admite que, pese a haber recibido una clase de educación sexual, no entendía casi nada: ni cómo era realmente el semen, ni qué significaba tragarlo, ni dónde terminaba el susto y empezaba la realidad. El resultado es una primera vez contada sin cuento de hadas y sin tragedia melodramática: fue una experiencia adolescente, intensa, torpe, rara, recordable. Y precisamente por eso funciona tan bien. Porque se parece mucho más a la verdad de la vida que a las ficciones con las que tantos crecieron.

Claro, como buena historia adolescente, el cuerpo no viene solo. Viene siempre acompañado de la novela sentimental. En el relato de Paloma, el muchacho ya andaba con otra, ella esperaba en el fondo una especie de retribución emocional, algo así como que después de esa intimidad él “respondiera” y la relación tomara otro rumbo. No pasa. Y ahí aparece el corazón roto, que a esa edad siempre parece catástrofe nacional. Es uno de los grandes aciertos del capítulo: no reducir todo al acto sexual. La memoria de la primera vez incluye también lo que pasó después, lo que una esperaba, lo que no ocurrió, el vacío, el orgullo, la herida, la dignidad herida y luego reconstruida. El cuerpo recuerda, sí, pero el ego adolescente también tiene memoria de elefante.

Todavía hay otro giro delicioso en la recta final: la anécdota de un viaje para buscar universidades, donde una amiga le avisa a Paloma que un chavo quiere “hacerle el amor” y hasta apuestan un helado de por medio. La escena parece escrita por una comedia adolescente con presupuesto modesto y nervios premium. El encuentro termina en una situación donde ella disfruta, termina primero y se va, dejándolo a él entre la sorpresa y la confusión. Es un pasaje que suelta aire después de tanta densidad, pero además refuerza el tono del programa: hablar de estas cosas no desde la pose moral, sino desde la experiencia vivida, con sus contradicciones, sus victorias chiquitas, sus rarezas y sus anécdotas que siguen provocando risa años después.

Cuando llegan las conclusiones, el programa aterriza con elegancia. Paloma termina reconociendo que, vistas con distancia, sus primeras veces fueron más lindas de lo que durante años contó. No perfectas, no ideales, no de postal, pero sí suyas. Y esa resignificación es preciosa, porque muestra que la memoria no es fija: cambia conforme uno cambia. Óscar, por su parte, deja una recomendación sencilla pero fuerte para los jóvenes: hagan las cosas con calma, no se dejen llevar a lo bruto, planeen, cuiden el momento, porque la primera vez se recuerda toda la vida. Ahí está resumido el corazón del episodio. No se trata de predicar abstinencia, ni de imponer una fórmula, ni de romantizarlo todo. Se trata de entender el peso simbólico de esos momentos. Algunos llegan como descubrimiento, otros como impulso, otros como error, otros como herida. Pero casi ninguno sale gratis de la memoria.

Al final, La Guía del Deseo 6 no es solo un programa sobre sexo. Es un programa sobre cómo se forma una persona por dentro. Sobre ese archivo íntimo donde conviven el cine, la escuela, la torpeza, la violencia, la risa, el deseo y la vergüenza. Es, en el fondo, un episodio sobre educación sentimental. Y quizá por eso funciona tan bien: porque no pretende dar cátedra desde un pedestal, sino compartir cicatrices y desfiguros desde la banqueta de la experiencia. Entre bromas, albures y confesiones serias, Óscar y Paloma levantan un retrato honesto de lo que significa empezar. Y empezar, casi siempre, implica no saber bien qué se está haciendo. Tal vez esa sea la definición más humana de la primera vez: el instante en que uno entra a un territorio nuevo con más emociones que respuestas. Y aun así entra. Y luego pasa la vida entera tratando de entender lo que realmente ocurrió en ese momento.

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