Hablemos primero de los jubilados, que no son más entre los adultos mayores pero se dejan ver con mayor frecuencia. Tomemos el caso de un trabajador universitario a quien por fin, ¡por fin!, le llegó el jubiloso día de jubilación. Para colmo de bienes, la tal jubilación era a salario completo, qué felicidad, tan cabal que le fue efímera, mejor dicho de pasmosa cortedad: no habían pasado ni tres meses cuando él ya no se hallaba, decía que nada más despertar y levantarse y ya no tenía nada qué hacer.
Lo peor es que su vieja no sabía qué hacer con el marido en casa todo el día, dónde ponerlo para que no le estorbara, y entonces, por la salud mental de ambos, el jubilado tomó la decisión de inventarse un quehacer fuera de casa, lo más cerca posible de su irremediablemente perdido trabajo, para cubrir con rigurosidad su antiguo horario y volver a sus rutinas, a quienes recientemente les había descubierto su carácter de sagradas.
Otro caso más desconcertante es el de un trabajador del sector educativo que previsoramente había planeado al detalle su jubilación ¡dos años antes! de que llegara. Esperó con ansiedad, soportó con estoicismo las minucias del trabajo en la oficina, todo con la mente puesta en el día de su liberación, cuando ya no tendría que cumplir con su tedioso horario de trabajo pero no por ello dejaría de cobrar su quincena.
Como no hay plazo que no se cumpla le llegó la felicidad programada… y entonces, durante meses, encontró energía y pretextos para levantarse temprano, anudarse la corbata al cuello y llegar a la oficina para asesorar a sus compañeros, no fuera a ser que en su ausencia la chamba se les atorara… hasta que los jefes tuvieron que ponerse rigurosos y le dieron una orden perentoria al celador: bajo ninguna circunstancia podía dejar pasar al entusiasta exempleado.
El antiguo burócrata es ahora un experto tripartita de gran perspectiva, pues se levanta temprano para encender en el primer plano la pantalla de su celular, en el plano medio la pantalla de una laptop y al fondo, pegada a la pared, la gran pantalla plana de una TV de alta resolución. Así se mantiene al tanto del mundo y entretenido todo el día.
De este mosaico de jubilados es más animoso el caso de un contador “trabajólico” que se la pasaba de sol a foco tras su escritorio, como si en esa actividad le fuera la vida, así durante décadas. Pero cuando le llegó la jubilación no se soltó el pelo porque ya no tenía demasiado pero, eso sí, sorpresivamente porque era papá y esposo modelo, se compró una motocicleta, dejó atrás a la familia y se montó en los lomos de la aventura.






