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domingo, febrero 22, 2026

Un viernes de julio, el mundo contuvo el aliento

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El tsunami arancelario de Trump y los días que conmovieron al planeta

Era un viernes cualquiera de finales de julio. El sol aún no se ocultaba sobre Nueva York, Londres seguía en su hora de almuerzo, y en Hong Kong las oficinas empezaban a iluminarse. Pero en los centros de poder económico del mundo, algo cambió en un instante. El tiempo pareció detenerse. Las pantallas de Wall Street, antes iluminadas por gráficos verdes de optimismo, se tiñeron de rojo. Los teléfonos en los despachos de Londres y Tokio sonaron sin parar. Y en cada rincón del planeta, desde una pequeña fábrica en Monterrey hasta un almacén en Hamburgo, alguien se preguntó: ¿Qué sigue ahora?

El detonante fue una decisión de la Casa Blanca: una avalancha de aranceles lanzada por el presidente Donald Trump, como un trueno en medio de un verano aparentemente tranquilo. No fue un ajuste menor. Fue un tsunami impositivo que sacudió a más de una docena de economías, incluida la Unión Europea, cuyos productos ahora enfrentan tasas que van del 10% al 41%, dependiendo del sector. Automóviles alemanes, vinos franceses, quesos italianos, acero español —todos, de repente, bajo la lupa de una política comercial que ya no negocia, sino que impone.


Wall Street se tambalea: el pánico en cada punto del índice

En Wall Street, el efecto fue inmediato. El S&P 500 cayó un 1,6%. El Nasdaq, más sensible a la tecnología y al comercio global, se desplomó un 2,2%. En los pisos de negociación, los operadores miraban sus pantallas con una mezcla de resignación y preocupación. Algunos recordaban el 2018, cuando todo comenzó. Otros temían que esta vez fuera distinto: más profundo, más largo, más peligroso.

En Londres, los mercados reaccionaron con una tensa calma. En Hong Kong, donde la economía ya lucha con la desaceleración china, los corredores se aferraban al teléfono como náufragos a un tablón. ¿Qué decir a sus clientes? ¿Cómo explicar que un tuit, una decisión unilateral, puede borrar miles de millones en valor de mercado?

Y mientras los mercados temblaban, un nuevo fantasma volvió a aparecer: la inflación. Los datos de empleo en Estados Unidos no ayudaron. La creación de empleo fue más débil de lo esperado, y la tasa de desempleo subió del 4,1% al 4,2%. Poco, dirán algunos. Pero en el mundo de las finanzas, cada décima es un mensaje. Y este decía: la economía se está enfriando.


Una tregua de siete días: el respiro antes de la tormenta

Entre el caos, la Casa Blanca lanzó un gesto. O una táctica. Dependiendo de quién lo mire.

Anunció que la entrada en vigor de los nuevos aranceles se posponía hasta el 7 de agosto. Siete días. Una semana para que los gobiernos afectados corran, negocien, supliquen, amenacen, o intenten, como mejor puedan, salvar a sus industrias.

Fue un respiro, sí. Pero también una prueba de fuego. Una invitación —o una orden— a sentarse a negociar, con el reloj corriendo en contra.

Canadá, por ejemplo, vio cómo su arancel promedio subía al 35%, una cifra que suena a guerra comercial. Pero hubo una excepción: gracias al T-MEC, muchos sectores clave —como el automotriz y el energético— conservaron exenciones. El primer ministro Mark Carney salió a hablar con una expresión de “decepción contenida”, como si hubiera esperado lo peor y, al final, se llevara un golpe, pero no un knockout.

“Sí, el arancel es alto”, dijo. “Pero el promedio real sobre nuestros productos sigue siendo de los más bajos entre los socios comerciales de EE. UU.” Una forma elegante de decir: no nos hundieron, pero nos pusieron en su lugar.

México, por su parte, recibió un alivio mayor: un aplazamiento de 90 días. Tiempo para negociar, para reajustar, para prepararse. Un gesto que muchos interpretaron como un reconocimiento tácito: México es demasiado importante como para castigarlo sin más. Su cercanía geográfica, su integración industrial, su papel en la cadena de suministro estadounidense, lo hacen demasiado estratégico para perderlo.


El arte de vender un castigo como un regalo

En medio del caos, Trump hizo lo que mejor sabe: transformar la narrativa. Desde la Casa Blanca, aseguró que, si todo sale bien, habrá “dividendos” arancelarios para el consumidor estadounidense. Una frase que suena a contradicción. ¿Cómo puede un impuesto, que encarece los productos, convertirse en un beneficio?

La respuesta está en el guion de la Cuarta Transformación Económica:
Esto no es un castigo. Es una liberación. Estados Unidos ya no será el “bolsillo del mundo”.
Ya no permitirá que otros se aprovechen. Y esos aranceles, según el relato, no son una carga, sino una inversión en la soberanía nacional.

“Vamos a recuperar nuestras fábricas, nuestros empleos, nuestra dignidad”, dijo. Y aunque los economistas fruncen el ceño, hay un sector del país que lo cree: aquellos que vieron cómo sus pueblos se vaciaban, cómo sus fábricas cerraban, cómo sus sueños se exportaban. Para ellos, estos aranceles no son solo números. Son un mensaje de vuelta.


¿Una nueva era… o el último suspiro del proteccionismo?

Los analistas están divididos. Algunos ven en esta jugada una redefinición audaz del comercio global, un intento de forzar una reconfiguración de las cadenas de valor, de acelerar el nearshoring, de proteger industrias estratégicas.

Otros, en cambio, lo ven como el canto de cisne de una era: el último estallido de un modelo de política exterior basado en el “América Primero”, antes de que las fuerzas del mercado, la diplomacia y la realidad económica impongan su ley.

Lo cierto es que, más allá de los gráficos y los titulares, algo ha cambiado. El multilateralismo ha sido sacudido. La confianza en las reglas del juego se ha erosionado. Y los gobiernos ya no pueden asumir que el comercio será predecible.


Una ventana de oportunidad: ¿cooperación tras el choque?

Pero en medio del caos, hay una posibilidad. Esos siete días de tregua no son solo para negociar.
Son para repensar.

¿Podría este momento forzar una renegociación más justa del comercio global? ¿Podrían los países afectados unirse para proponer un sistema más equilibrado, donde la soberanía no se imponga con amenazas, sino con acuerdos? ¿Podrían empresas y gobiernos aprovechar este paréntesis para construir cadenas de suministro más resilientes, más sostenibles, más humanas?

Porque al final, detrás de cada arancel, hay personas: el trabajador que teme perder su empleo, el empresario que no sabe si podrá pagar sus insumos, el consumidor que ve cómo sube el precio del pan, del coche, del viaje soñado. Y tal vez, en este momento de incertidumbre, esté la oportunidad de recordar que el comercio no debe ser una guerra, sino un puente.


Conclusión: el mundo no se acaba un viernes

No, el mundo no se acabó aquel viernes de julio. Pero sí cambió. Y aunque los mercados volverán a subir, aunque los políticos darán sus discursos y los analistas escribirán sus informes, algo quedó claro:

La era de la certidumbre comercial ha terminado. Y en su lugar, entra una nueva: la de la imprevisibilidad, del ajuste constante, del diálogo forzado por la crisis.

Lo que hagamos con estos días —los de la tregua, los de la negociación, los de la reflexión—
definirá no solo el futuro del comercio, sino el tipo de mundo que queremos construir.

Porque cuando el poder golpea con aranceles, la mejor respuesta no es otro golpe. Es una propuesta.
Una visión. Y, sobre todo, la valentía de tender la mano, incluso cuando el otro la cierra en un puño.

Un viernes de julio, el mundo contuvo el aliento: el tsunami arancelario de Trump y los días que conmovieron al planeta.

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