La noche del 20 de octubre de 2025 la Sierra Gorda se estremeció con el eco de las balas. En La Estancia, Hidalgo, el alcalde de Pisaflores, Miguel Bahena Solórzano, fue asesinado frente a su casa. La noticia cruzó la frontera estatal como el viento que baja de los montes: discreto, pero imposible de detener.
A poco más de 30 kilómetros, en Landa de Matamoros, Querétaro, el nombre de Bahena no era ajeno. Se decía que la presidenta municipal, Yunuen Araceli Benítez Maldonado, mantenía reuniones frecuentes con él para coordinar estrategias de seguridad. Hoy, tras su muerte, el silencio pesa más que cualquier declaración oficial.
I. Los vientos cruzados de la Sierra
Landa y Pisaflores comparten más que caminos de terracería y montañas abruptas: comparten una vulnerabilidad estructural. En esa región donde los acuerdos entre alcaldes se vuelven pactos de supervivencia.
Pero el atentado contra Bahena rompió la frágil red de confianza. En los pasillos del Palacio Municipal de Landa, el rumor creció: ¿de qué hablaban realmente en esas reuniones? ¿Eran encuentros para coordinar seguridad o para otros fines menos claros? Nadie responde abiertamente, pero las miradas en la cabecera lo dicen todo.
II. La autoridad bajo la sombra
La alcaldesa Yunuen Benítez, del PRI, llegó al cargo con un discurso de trabajo en equipo, inclusión y desarrollo para la Sierra. Sin embargo, hoy su administración enfrenta cuestionamientos por todos los frentes.
Durante las lluvias de agosto, los vecinos aseguran que quien daba las órdenes no era ella, sino su esposo, Heriberto “El Perico” Martínez Chávez. “Él era quien se movía, quien gritaba, quien decidía a quién se ayudaba primero”, cuentan los pobladores de Acatitlán y Tilaco. “La presidenta no se veía, solo él.”
El Reglamento Interno del Ayuntamiento, publicado en septiembre, deja claro quién tiene autoridad formal. Pero en la práctica, los ciudadanos perciben que el poder se dispersa, que el mando no siempre viste faldas ni firma oficios.
Y esa confusión, en un territorio montañoso donde las emergencias se multiplican y las distancias se miden en horas, puede costar caro.
III. La policía bajo sospecha
El 25 de febrero de 2025, un disparo dentro de la Comandancia de La Lagunita terminó con la vida de un policía municipal. No fue un enfrentamiento: fue un crimen entre compañeros.
La Fiscalía General de Querétaro vinculó a proceso a dos elementos. A uno, por homicidio doloso; a otro, por manipular y destruir evidencias. Desde entonces, la corporación vive bajo la lupa.
“¿Cómo confiar en una policía que mata a sus propios elementos?”, se pregunta un excomandante jubilado. La duda erosiona la ya de por sí endeble confianza en la autoridad local.
Y mientras las investigaciones siguen, el municipio intenta mantener la normalidad: ferias, inauguraciones, boletines, pero siempre con esa sombra que no se borra del todo.
IV. El rumor y el poder
En septiembre, la alcaldesa fue vista —según versiones locales— reunida con el diputado federal de Morena, Luis Humberto Fernández. Nadie explicó el motivo. En un municipio gobernado por el PRI, la fotografía mental bastó para encender sospechas.
¿Era una reunión institucional? ¿Un acuerdo político? ¿O simple cortesía? Lo cierto es que en la Sierra Gorda los símbolos pesan más que las declaraciones.
El gesto fue interpretado como una traición en casa. La dirigencia priista estatal, encabezada por Abigaíl Arredondo, no ha emitido postura. Pero el silencio, de nuevo, se siente más fuerte que cualquier comunicado.
V. Entre la lluvia y la desconfianza
Las lluvias de septiembre golpearon fuerte. Derrumbes, caminos incomunicados, comunidades aisladas. Los vecinos esperaban ver a la alcaldesa al frente del operativo; vieron, en cambio, a su esposo con radio en mano y camioneta oficial.
El Consejo de Protección Civil 2025–2027, que debía coordinar la respuesta, aparece en actas, pero no en los hechos. Nadie sabe si sesionó durante la emergencia.
Esa falta de presencia, combinada con los escándalos policiales y los rumores políticos, ha dejado al municipio en un punto de quiebre: entre la desconfianza y la indiferencia.
VI. El costo del silencio
El asesinato del alcalde de Pisaflores reavivó todos los fantasmas. La Sierra Gorda vuelve a ser noticia por la violencia, por los vacíos, por lo que nadie se atreve a decir en voz alta.
Landa, hoy, es un espejo incómodo: muestra cómo la política local, la seguridad y la gestión pública se entrelazan hasta perder forma.
En un territorio donde las montañas esconden más secretos que caminos, la gobernabilidad se convierte en una promesa frágil, sostenida por comunicados y discursos.
Y mientras las investigaciones siguen su curso —tanto en Hidalgo como en Querétaro—, la gente repite una frase que suena más a advertencia que a consuelo:
“Aquí todos saben algo… pero nadie dice nada.”
Epílogo
Entre documentos oficiales, reglamentos recién publicados y contratos que aún no aparecen, Landa de Matamoros intenta mantener la calma.
La alcaldesa Benítez asegura que su administración trabaja con transparencia. Pero en el pueblo, la percepción es otra: la de un gobierno que perdió el pulso y se mueve en automático.
En la Sierra, el silencio no es sólo ausencia de ruido. Es el eco de lo que se sabe, pero no se dice.





