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domingo, febrero 22, 2026

“La ley contra el poder”

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🗞️ Crónica por Óscar Alcázar

El estudio está en silencio. La luz recorre a los personajes como si la verdad tuviera temperatura propia. Frente a mí está el entrevistado: un abogado que decidió desafiar al sistema jurídico y a las figuras que lo protegen. No vino a hablar de leyes, sino de dignidad.

Le doy la bienvenida, sin rodeos.
— No habíamos podido concretar esta charla — le digo— pero la historia sigue viva, ¿verdad?

Asiente. Sus ojos cargan el cansancio de quien ha pasado demasiado tiempo entre oficios y resoluciones. “Sí”, responde, “la historia sigue, solo que la justicia camina despacio”.

Empieza narrando cómo aquel conflicto, que parecía una disputa menor, terminó convirtiéndose en un caso que roza los límites del poder político. Una amenaza, una denuncia, un amparo, y el lento engranaje de la fiscalía moviéndose a ritmo de tortuga.

Lo escucho con atención.
— ¿Y valió la pena — le pregunto — enfrentarse a quienes tienen más influencia que cualquier ciudadano común?
— Claro que sí — responde Iván Fabela sin titubear— porque el silencio es complicidad.

Su tono no busca heroísmo; busca coherencia. Sabe que desafiar al poder desde los tribunales es casi un acto de fe. Habla de expedientes que avanzan solo cuando el calendario político lo permite, de jueces que firman resoluciones a medias, de fiscalías que archivan para cansar al demandante.

El eco de la censura

A medida que la conversación avanza, el tema central emerge: la censura. No la que se dicta con comunicados, sino la que se ejecuta con un clic.
Me explica que fue bloqueado en redes sociales por una autoridad en funciones. Lo dice como si relatara una anécdota trivial, pero sé que detrás hay una pregunta de fondo: ¿hasta dónde llega el poder público y dónde empieza la libertad de expresión?

Le recuerdo que en otros países ya existen precedentes, casos donde los tribunales obligaron a los funcionarios a mantener abiertas sus cuentas por ser espacios de comunicación pública.

Él sonríe con ironía:

— Aquí todo llega tarde. La jurisprudencia llega, pero la justicia nunca.

Me muestra los documentos, los amparos ganados, los oficios notificados. Lo ha hecho todo conforme a la ley y, sin embargo, nada cambia.

— Entonces — le digo— la justicia se reconoce, pero no se cumple.

— Exacto. Ganas, pero sigues igual. Es como gritar en un cuarto acolchado.

La frase queda flotando en el aire. En ese instante entiendo que esta entrevista no trata solo de un litigio, sino de un síntoma: la distancia entre la ley escrita y la ley aplicada.

El costo de no callar

Le pregunto si nunca ha sentido miedo. Su mirada se endurece un instante. “Miedo sí, pero no de ellos. Miedo de que la gente se acostumbre a callar”.

Hay una pausa. El estudio parece más grande de lo normal, como si el silencio pesara toneladas. Me cuenta que cada trámite, cada escrito, cada notificación ha sido un recordatorio de lo que significa enfrentarse a un sistema diseñado para desgastarte.
“Ganar un amparo”, dice, “no significa ganar justicia. Significa que te dejen seguir peleando”.

Mientras lo escucho, pienso en todos los ciudadanos que alguna vez intentaron denunciar una arbitrariedad y se toparon con el mismo muro: la burocracia que premia al que se cansa.

Y pienso también en los funcionarios que repiten discursos sobre transparencia mientras bloquean voces incómodas en sus redes. En un país donde el poder se protege a sí mismo, hablar se vuelve un acto de resistencia.

El espejo del ciudadano común

Decido hacer una pausa en la conversación. Tomo aire, lo miro de frente y le lanzo una pregunta que yo mismo he escuchado decenas de veces en la calle:

— ¿Vale la pena tanto desgaste? ¿Tanto tiempo, tanta energía, tantos recursos?

Sonríe con resignación.

— Claro que no. Pero alguien tiene que hacerlo. La mayoría no puede porque tiene hijos, trabajo, responsabilidades. Yo puedo.

Su respuesta resume el dilema moral de todo activismo ciudadano: si no lo hago yo, ¿quién?

Entonces comprendo que su lucha no es personal, sino simbólica. No busca venganza, busca precedente. No quiere ganar un caso; quiere abrir camino, dice Fabela.

Le digo que su historia me recuerda a un viejo principio periodístico: “Los poderosos temen más al registro que a la denuncia.”

Asiente. “Por eso escribo, documento y denuncio. No porque crea que el sistema va a cambiar, sino para que quede constancia de que no todos se quedaron callados.”

La justicia que se administra con calendario

A partir de ahí, la conversación entra en terreno denso: los tiempos judiciales, las maniobras políticas, las actualizaciones de los tribunales. Él habla con precisión quirúrgica de expedientes, artículos y plazos.

Yo, desde el otro lado, entiendo algo más profundo: que en México la justicia tiene dueño, y ese dueño rara vez es el ciudadano.

Cuando un poder se siente amenazado, usa los procedimientos para neutralizar al adversario. No necesita censurarte; basta con demorarte. No necesita atacarte; basta con dejarte esperando.

— ¿Sabes cuál es la estrategia favorita del poder? —me dice— el cansancio.

Y tiene razón. El cansancio es más eficaz que la represión, porque no deja huellas, solo abandono. Los ciudadanos no se rinden porque los derroten, sino porque se agotan.

Los fantasmas de la impunidad

Entramos en el tema que todos evitan mencionar: la impunidad. Hay procesos judiciales congelados, investigaciones detenidas y funcionarios que siguen en funciones pese a las acusaciones. La fiscalía no responde, los jueces no avanzan, las instituciones no sancionan.

Le pregunto si aún tiene fe en el sistema.

— No, pero tengo memoria —responde—. La fe se acaba, la memoria no.

Esa frase me deja inmóvil unos segundos. Lo observo mientras acomoda sus papeles y pienso que la memoria es la única justicia que no necesita sentencia.

Me cuenta de otros casos similares: funcionarios que se protegen entre sí, jueces que dilatan los procesos, autoridades que desaparecen cuando se trata de rendir cuentas. Y entonces entiendo que su historia es apenas una de miles. Solo que él decidió narrarla.

El ciudadano frente al monstruo

Vuelvo al punto inicial.

— ¿Qué pasa cuando la justicia se topa con el poder?

Suspira.

— Pasa que la justicia pierde, al menos por un tiempo. Pero el poder también se desgasta. Se expone. La diferencia es que yo sigo aquí, y ellos algún día dejarán el cargo.

En ese momento, el aire en el estudio cambia. Ya no es una entrevista: es una declaración política. No una batalla legal, sino una trinchera ética.

Mientras lo escucho, recuerdo a tantos otros ciudadanos que han pasado por lo mismo y pienso que la verdadera transformación no está en los discursos, sino en los actos mínimos de resistencia. Cada denuncia, cada documento entregado, cada video grabado, cada palabra publicada.

El poder se alimenta del silencio. Y en este estudio, por unos minutos, el silencio deja de tener dueño.

El silencio que no se archiva

La entrevista termina, pero el eco de sus palabras queda suspendido en el aire del estudio. Recojo mis notas, apago el micrófono y pienso en la paradoja de este país: donde la justicia necesita permiso para actuar y el poder jamás pide perdón.

Él se despide con serenidad, como quien sabe que la lucha no se mide por victorias judiciales sino por persistencia moral. “Que quede grabado”, me dice antes de salir, “porque el día que todos se callen, el poder ganará por inercia”.

Salgo del estudio con una certeza: no se trata de un caso aislado, sino de un síntoma estructural. En México, la justicia no tropieza con el poder por accidente. Tropieza porque así fue construida.

Y mientras camino hacia la puerta, repaso en mi mente la frase que titula este programa. Cuando la justicia se topa con el poder, el resultado no siempre es derrota.
A veces, es simplemente el inicio de otra batalla.

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