Cadereyta, Qro.-En Cadereyta parece que la fiesta ya no comienza con música, juegos mecánicos ni puestos de comida. Comienza con la caja registradora.
Y no precisamente la de los comerciantes.
Mientras la Feria debería ser, por definición, una oportunidad para fortalecer la economía local, generar mayor circulación de dinero y atraer consumidores, comerciantes establecidos denuncian que este año el Comité Organizador decidió aplicar una fórmula bastante peculiar: cobrarles hasta por tener un negocio frente al paso de la fiesta.
Según los testimonios de locatarios y prestadores de servicios, existen cuotas que pueden alcanzar los 5 mil pesos por el frente de un establecimiento, incluso cuando el comerciante no pretende ocupar la vía pública, instalar mercancía adicional ni ampliar su espacio de venta.
Una especie de impuesto a la existencia comercial.
Y aquí aparece la primera gran contradicción política.
Durante todo el año, los negocios establecidos pagan licencias, permisos, impuestos, servicios, nóminas y generan empleos permanentes. Son los que levantan la cortina cuando no hay feria, cuando no hay concierto, cuando no hay escenario, cuando no hay funcionarios cortando listones.
Pero cuando llega el evento que debería convertirse en su mejor temporada, algunos aseguran que la propia organización termina poniéndoles obstáculos.
La pregunta resulta inevitable:
¿La Feria de Cadereyta está diseñada para beneficiar a Cadereyta o para recaudar dentro de Cadereyta?
Porque una cosa es establecer reglas para ordenar el comercio durante un evento multitudinario y otra muy distinta convertir cada metro de banqueta en una terminal de cobro.
Los estacionamientos también entraron en la ruleta.
Prestadores de este servicio aseguran que las tarifas impuestas reducen sus márgenes de operación y convierten lo que debería ser una oportunidad extraordinaria de ingresos en una temporada de gastos extraordinarios.
La ironía es difícil de ignorar.
Durante años, las autoridades municipales han repetido que las ferias generan “derrama económica”.
La frase aparece en discursos, boletines, entrevistas y fotografías oficiales.
Pero una derrama económica funciona cuando el dinero circula entre restaurantes, tiendas, hoteles, estacionamientos, comerciantes y prestadores de servicios.
Si antes de vender el comerciante ya tiene que pagar por estar frente a su propio negocio, entonces aquello empieza a parecer menos una derrama y más una ordeña económica.
Y peor todavía si, como denuncian algunos locatarios, las estructuras de la feria terminan bloqueando accesos o dificultando que clientes lleguen a establecimientos que funcionan durante todo el año.
Porque entonces sucede algo absurdo:
Llegan miles de visitantes a Cadereyta, pero algunos comerciantes de Cadereyta podrían terminar viendo pasar a los visitantes… desde detrás de una estructura que les tapa el negocio.
Brillante estrategia de desarrollo económico.
El asunto tampoco debería reducirse a una disputa entre comerciantes y organizadores.
Hay una cuestión política de fondo.
Una feria municipal no es únicamente entretenimiento. También es una herramienta económica y de promoción turística financiada, organizada o respaldada de alguna manera desde el gobierno.
Por eso las reglas tienen que ser transparentes.
¿Cuánto se está cobrando?
¿Con qué fundamento?
¿Quién autorizó las tarifas?
¿Cuánto se espera recaudar?
¿A dónde irá ese dinero?
¿Existe algún trato preferencial para determinados comerciantes?
¿Las mismas cuotas aplican para todos?
¿El Ayuntamiento supervisó estas decisiones o simplemente dejó al Comité operar por su cuenta?
Son preguntas básicas.
Porque cuando una administración presume apoyo al comercio local, pero los comerciantes terminan reclamando que una actividad organizada bajo el paraguas del gobierno les complica trabajar, algo está fallando.
Y quizá el problema no sean solamente los 5 mil pesos.
El verdadero problema sería una concepción de gobierno donde cada actividad pública termine convirtiéndose en oportunidad de cobro.
Hoy es la feria.
Mañana será el permiso.
Después la licencia.
Luego el espacio.
Y al final el ciudadano descubre que para trabajar necesita pagarle varias veces al mismo gobierno que asegura estar apoyándolo.
Los comerciantes de Cadereyta no están pidiendo entrar gratis a una fiesta.
Están recordando algo mucho más elemental:
ellos son quienes mantienen viva la economía cuando la feria termina.
Cuando desmonten los escenarios, se apaguen las luces, los artistas se marchen y desaparezcan los puestos temporales, serán otra vez los comerciantes locales quienes levantarán sus cortinas al día siguiente.
Por eso quizá alguien debería recordar una regla sencilla:
Una buena feria deja dinero en el municipio.
Una mala feria solamente lo recoge.
Y si para organizar la fiesta hay que bloquear al comercio y cobrarle hasta por mirar pasar la verbena frente a su propia puerta, entonces no estamos hablando solamente de organización.
Estamos hablando de prioridades.
Porque una feria que exprime a quienes producen todo el año corre el riesgo de convertirse en una celebración muy peculiar:
la fiesta del gobierno… pagada dos veces por los mismos de siempre.













