Colón, Qro.-En los rincones más callados del municipio de Colón, donde la maleza se mezcla con el rumor del viento y el sol apenas se cuela entre los matorrales, un hallazgo sacudió la tranquilidad de la comunidad de San Martín.
Era una mañana cualquiera. El calor pegaba con desgano y los vecinos caminaban por el estrecho sendero que conecta con la comunidad, cuando el hedor –profundo y extraño– rompió el aire. Fue ahí, entre arbustos resecos y piedras dispersas, donde la muerte yacía, callada y sin testigos.
Un hombre, de entre 40 y 50 años, fue encontrado sin vida. El cuerpo estaba ya en avanzado estado de descomposición. Su rostro, irreconocible. La piel curtida por el sol y el abandono. No traía más consigo que un pantalón viejo, una camisa raída y un aire de soledad que pesaba más que su cadáver.
Algunos vecinos, entre el asombro y el susto, marcaron al 911. El rumor corrió rápido: “Dicen que se colgó… que ahí nomás, entre los árboles”. Pero pronto, las autoridades desmintieron la historia que tejía el miedo colectivo. No había soga, ni marcas de violencia. Solo el cuerpo inmóvil y una sospecha que hizo a más de uno mirar sus tobillos con desconfianza: ¿y si fue una mordedura?
Los paramédicos no tardaron en llegar, pero era tarde. Muy tarde. El hombre, al parecer un indigente que deambulaba por esos caminos olvidados por el tiempo y la política, había muerto días antes. Nadie notó su ausencia porque nadie supo de su presencia.
La policía municipal resguardó la zona, y la Fiscalía del Estado tomó el caso. El cuerpo fue levantado con respeto, aunque el silencio que lo envolvía parecía gritar una historia que nadie conocía: la de alguien que vivió fuera del radar, que murió sin testigos y que, aun en la muerte, parecía seguir perdido entre los caminos polvorientos de San Martín.
Este día, el pueblo aprendió que el olvido también mata. Y que, a veces, la muerte no llega con ruido, sino con la picadura silenciosa de la indiferencia.




