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domingo, febrero 22, 2026

El día que volvieron del cerro

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Crónica de la entrega de armas por los cristeros en Colón

El 19 de julio de 1929, el sol amaneció distinto sobre Colón, Querétaro. No era un día más. La tierra, que tantas veces escuchó disparos, pasos sigilosos y rezos apretados entre dientes, ahora se preparaba para algo inesperado: el regreso. Hoy, a 96 años de aquel momento, todavía hay quienes cierran los ojos y pueden sentirlo… como si la historia siguiera caminando por esas mismas calles.

Aquel día, el polvo se levantaba no por la marcha de guerra, sino por los pasos temblorosos de hombres que volvían. Venían del cerro, flacos, barbudos, con la piel marcada por el sol y el alma sostenida solo por la fe. Traían más cicatrices que palabras, más recuerdos que certezas. No eran los mismos que se habían ido… y, sin embargo, eran ellos. Hijos, padres, hermanos… los que resistieron en nombre de Cristo.

La gente comenzó a llegar desde temprano. Familias enteras se acomodaban como podían en las orillas del corralón de don José Arteaga, en la calle Álvaro Obregón #39. Algunos se persignaban. Otros simplemente lloraban sin decir nada. Las madres se abrazaban al rosario, y las esposas al rebozo, como si con eso pudieran sostener el corazón que se les salía por los ojos.

Y entonces llegaron ellos.

Uno a uno fueron dejando las armas contra la pared. Fusiles viejos, carabinas sujetas con mecates, alguna pistola con más polvo que pólvora. Pero lo que pesaba no era el metal… era lo que esas armas representaban. Cada una guardaba una historia de miedo, de coraje, de noches frías en la sierra, de oraciones antes de disparar.

El General Antonio Guerrero, con su pañuelo rojo en la cabeza, observaba en silencio. Soldados de Tolimán, Cadereyta, Ezequiel Montes y otros puntos rodeaban el lugar. Parecía una escena imposible: los del monte y los del gobierno, juntos, compartiendo la misma sombra.

Los cristeros se formaban, recibían un salvoconducto, decían su nombre como si fuera la primera vez que podían decirlo en paz. Se estrechaban las manos. Algunos se abrazaban. Hubo quien cayó de rodillas al ver a su madre. Hubo quien no dijo nada, solo lloró.

Don José Uribe, que lo vivió desde adentro, recordaba todo con una claridad que duele. El pañuelo del general, la carcajada de Norberto cuando le dijeron que no estaba su arma entre las devueltas. “En estas armas no hay ninguna de las que me quitaron en El Culantrillo”, dijo el militar. Norberto solo se rió. ¿Qué más se puede hacer después de una guerra, si no reír para no seguir llorando?


Epílogo:

Ese día no hubo vencedores, pero sí hubo reencuentros. El pueblo no celebró una victoria: celebró la vida. Y aunque la guerra se fue, el recuerdo se quedó sembrado en las piedras de esas calles. Porque Colón no olvida. Y cada 19 de julio, cuando el sol cae en ese mismo rincón, parece que los cristeros vuelven a bajar del cerro… al menos en la memoria de quienes aún saben escuchar.

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