El alcalde que consulta… hasta que le dicen que no

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En Tequisquiapan ya quedó claro que eso de escuchar al pueblo aplica solo cuando el pueblo tiene la cortesía de coincidir con el presidente municipal. Si la gente aplaude, entonces hay participación ciudadana. Si la gente se opone, entonces estorba. Así de simple. Así de burdo. Así de jabonoso.

Ahora resulta que un área destinada para equipamiento comunitario —de esas que deberían servir para áreas verdes, canchas, escuelas o espacios de uso colectivo— de pronto se convirtió, por obra y gracia del capricho político, en terreno disponible para instalar casas del programa federal del Bienestar. Y no porque la comunidad lo haya pedido de manera clara, abierta y legalmente sólida, sino porque al alcalde se le metió entre ceja y ceja que hay que quedar bien con la jefa política del país, aunque para ello tenga que pasarle por encima a colonos, deportistas, ejidatarios y al sentido común, que últimamente anda tan abandonado como varias calles del municipio.

Lo mejor del caso —o lo peor, según se mire— es que todavía tuvo el descaro de convocar a los ciudadanos para “dialogar”. Qué palabra tan manoseada cuando sale de boca del poder. Los citó, les habló, les insistió, trató de convencerlos durante horas de que su ocurrencia era “lo mejor para el municipio”. Traducción al español sin maquillaje: fue a intentar doblarlos. No a dialogar, sino a domesticar la inconformidad. No a construir acuerdos, sino a barnizar de legitimidad una decisión que ya venía cocinada.

Pero esta vez el jabón no resbaló parejo.

La gente no se tragó el cuento. No hubo acuerdo. No hubo aplauso. No hubo esa foto bonita del alcalde rodeado de ciudadanos sonrientes agradeciendo que les quitaran un espacio común para cumplirle un antojo político al poder central. Y como no funcionó la seducción discursiva, entonces vino la vieja confiable de tantos gobiernos con alma de topadora: avanzar de todos modos.

Porque hoy, según denuncian los inconformes, nuevamente personal del municipio —o por lo menos gente vinculada con ellos o con el gobierno federal— intenta comenzar a construir pese a la molestia abierta y la negativa de colonos, deportistas y ejidatarios. O sea: si no hubo consenso, que haya concreto. Si no hubo permiso moral, que entre la maquinaria. Si el pueblo no firma, que al menos se aguante.

Y luego se preguntan por qué la ciudadanía desconfía de sus famosas asambleas.

Aquí se les cayó completa la escenografía de “La Voz del Pueblo”. Porque una consulta auténtica sirve para escuchar incluso lo que incomoda. Pero cuando la autoridad solo respeta la opinión ciudadana si ésta coincide con su libreto, entonces no estamos hablando de participación: estamos hablando de simulación. Una tomada de pelo con micrófono, mampara y discurso oficial. Un teatro democrático montado para que el alcalde finja que consulta mientras decide solo.

La moraleja es brutal: las asambleas del pueblo parecen ser muy útiles cuando ayudan a legitimar una banqueta, una calle o una obra menor; pero cuando la ciudadanía dice “aquí no”, entonces aflora el verdadero rostro del poder municipal: el del hombre que no gobierna, sino que impone. El del político que no convence, sino que presiona. El del funcionario que no representa, sino que se sirve del cargo para hacer lo que le da la gana.

Y cuidado, porque aquí no solo está en juego un pedazo de tierra. Está en juego algo más delicado: la idea misma de comunidad. Porque las áreas de equipamiento no son sobrantes del mapa ni terrenos disponibles para la vanidad política del gobernante en turno. Son reservas de futuro para la vida colectiva. Son espacios pensados para convivencia, deporte, educación y tejido social. Meterles mano por cálculo político es una forma de saqueo con papeles en regla y discurso de bienestar.

Ese es el truco más viejo del poder: despojar en nombre del beneficio. Quitarte algo diciendo que es por tu bien. Pasarte por encima mientras te sonríen y te explican que deberías agradecerlo.

Y mientras tanto, el alcalde seguirá seguramente presumiendo cercanía con la gente, sensibilidad social y amor por la participación ciudadana. Lo dirá con esa solemnidad que solo produce la política cuando se toma demasiado en serio a sí misma. Pero los hechos, esos ingratos, ya lo desnudaron: cuando el pueblo opina distinto, el presidente municipal no escucha… embiste.

En Tequisquiapan no estamos viendo un gobierno del pueblo. Estamos viendo un gobierno que usa al pueblo como escenografía hasta que deja de servirle.

Y eso, en cualquier diccionario decente, no se llama bienestar.
Se llama soberbia.

Y así está Tequisquiapan: con un alcalde que habla de pueblo como si el pueblo fuera utilería, como si la ciudadanía sirviera para llenar la foto, para adornar el discurso y para legitimar caprichos. Porque cuando la gente opina distinto, deja de ser pueblo y se convierte en problema. Lo que estamos viendo no es un gobierno cercano; es un gobierno jabonoso, que se resbala entre discursos de participación mientras mete la mano donde no debe. Y luego quieren que uno les crea lo de las asambleas, lo de la consulta y lo de la voz del pueblo… No, hombre. Eso ya no es escuchar a la ciudadanía: eso es usarla de escenografía mientras el alcalde hace, simple y llanamente, lo que se le da la gana.

Cartón la casa del jabonero marzo 26

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