Doña Vero: el sabor del recuerdo en Ezequiel

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Con el recuerdo de tiempos pasados, nos presentamos en uno de los puntos que poco a poco va teniendo más aceptación entre la gente del municipio de Ezequiel Montes: las dobladitas y gorditas de Doña Vero.

Por Óscar Alcázar | Voz y Testimonio

Hay lugares donde la mañana parece caminar más despacio que una antigua carreta jalada por mulas. Ese es un pequeño restaurantito en el que, desde que uno toma asiento y acerca la silla a la mesa, por un momento deja de sentir la prisa con la que llegó.

Así me ocurre en Gorditas Doña Vero, en Ezequiel Montes.

Los muros de ladrillo aparente, el arco que enmarca parte del comedor y las mesas cubiertas con manteles de flores me hacen pensar en los antiguos comedores de las haciendas mexicanas. No porque el establecimiento pretenda reconstruir una época, sino por esa sensación de amplitud, de cocina compartida, de gente reunida alrededor del alimento y del cuchicheo de aquí y de allá.

Hay algo aquí que evoca aquel México rural que conocemos por relatos familiares y fotografías antiguas: el de las mesas dispuestas para recibir a quienes comenzaban temprano la jornada. Un recuerdo imaginado de los años posteriores a la Independencia o a la Revolución, cuando la vida del campo marcaba el ritmo de las grandes casas de aquellos tiempos.

Las sillas de plástico y los objetos de hoy están a la vista; rápidamente nos regresan a nuestra realidad actual. Sin embargo, al sentarse frente al plato de barro, la modernidad parece quedar un poco lejos.

El bullicio pertenece al desayuno. Detrás de la barra, las mujeres preparan y despachan; los clientes se acercan, el trabajo continúa y las mesas se van ocupando. Es una actividad que acompaña, que hace sentir que la cocina está viva.

Y en el centro de todo está el maíz.

Las tortillas se hacen a mano. Las gorditas también.

Ese detalle sostiene buena parte del encanto del lugar: la comida conserva la forma y el trabajo de quien la prepara. En el plato se ven las marcas de la cocción, las orillas irregulares, el guisado que apresurado intenta salirse de su empaque de maíz.

Antes de probarlas, ya me han llevado a otro tiempo en esta misma época.

Hace más de quince años, cuando Voz y Testimonio todavía circulaba impreso en papel, hicimos una crónica parecida a esta sobre este negocio. Estaba en otro local y recuerdo que apenas contaban con una trabajadora, Doña Vero, quien atareada se apresuraba a realizar el trabajo que hoy hacen más de 10 empleados.

Me da gusto ver cuánto han crecido. Pero mi primer recuerdo sigue siendo el de sus dobladitas.

Tortillas grandes, hechas a mano, calientitas, con el humo aún escapándose sobre el plato, deliciosas desde la primera vez que las probé, dobladas con una porción pequeña de guisado. Así las recuerdo: económicas, sencillas y con ese equilibrio que permite disfrutar la tortilla tanto como el relleno. El guisado acompaña al maíz; cada bocado conserva algo de ambos.

Hay comidas que uno recuerda con una precisión curiosa. Uno se puede olvidar en qué mesa se sentó o qué conversación llevaba, pero el recuerdo te lleva a reconocer de inmediato un sabor de muchos años atrás.

Con Doña Vero me sucede también al pensar en las gorditas de migajas, en las de queso con chile. Son antojos que se han ido sumando a la memoria del lugar. Cada día tiene su oferta y, para quienes regresamos, también su motivo.

Este viernes 23 de octubre me tocó la fortuna de volver a desayunar con mi hija y compartir estos recuerdos con ella.

Los guisados eran muchos, pero el paladar me llevó a pedir una gordita de rajas con queso, una de tinga y una de papas con nopales. Ella, tras una breve reflexión, eligió picadillo y barbacoa. Así, sobre la mesa, quedaron los platos de barro, la salsa al centro y las bebidas: café y ponche.

Las gorditas estaban como siempre, en el punto exacto del sabor a campo y a tradición, mmm… deliciosas. Comimos entre la conversación y las pausas para probar la gordita siguiente, en ese pequeño espacio que un desayuno compartido le gana al resto del día.

Mirando la mesa, pensé en lo mucho que una gordita cuenta de esta región. Es comida de casa y de camino. Se sirve para desayunar, pero también se envuelve para llevar al trabajo, para comer después, cuando la jornada permita detenerse. Ha acompañado a generaciones porque es práctica, sustanciosa y cercana.

Con Doña Vero, tienen ese sabor de campo que yo buscaba describir: el de las manos que conocen la masa, el de los guisos cotidianos, el de una cocina que resulta familiar aun cuando uno se siente por primera vez.

Como toda buena reseña de gourmet, es necesario describir cuánto nos gastamos en el lugar, pero los 183 pesos que pagamos nos hicieron experimentar el sabor de una región, de un hogar al que siempre quieres regresar.

Al terminar, volví a mirar el comedor. Las flores del mantel, el ladrillo, los trastes y la gente trabajando componían una escena sencilla. Quizá por eso mismo se queda con uno.

Hace quince años conocimos un negocio que empezaba. Hoy encontramos un lugar que ha crecido y que, al menos para mí, conserva una manera entrañable de recibir la mañana.

Me fui con el gusto del desayuno y con aquel recuerdo de las primeras dobladitas. Pensando que volver a ciertos lugares también es una forma de sentarse, un rato, con quienes fuimos.

Para visitar: Gorditas y Dobladitas Vero, “Las únicas”. Francisco I. Madero número 125, colonia Santa Elena, Ezequiel Montes, Querétaro. Servicio a domicilio: 441 138 5286. Abre martes, miércoles, jueves, viernes y domingo; descansa lunes y sábado. El menú cambia según el día.

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