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jueves, marzo 12, 2026

Cuando en Tequisquiapan importa más el color político

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Basura, imagen y prioridades en el servicio público: LA CASA DEL JABONERO

En Tequisquiapan hay imágenes que dicen más que cualquier boletín oficial. La fotografía de una unidad de recolección de basura saturada, trabajando de manera precaria en una calle del municipio, no solo retrata un problema operativo: exhibe una posible crisis de prioridades dentro del gobierno municipal.

De acuerdo con la versión que ha llegado a este medio, el nuevo camión recolector entregado por el Gobierno del Estado no estaría siendo puesto en operación de inmediato, presuntamente porque se encuentra en espera de ser rotulado con los colores de la actual administración. Mientras tanto, la recolección de basura seguiría realizándose con unidades insuficientes y en condiciones que dejan ver improvisación, sobrecarga y un servicio que dista mucho de ser eficiente.

Si esta versión se confirma, estaríamos frente a algo más grave que una demora administrativa. Estaríamos viendo una forma muy clara de entender el poder público: primero la propaganda, después el servicio; primero la imagen, después la necesidad de la gente.

Porque aquí la discusión de fondo no es el diseño del vehículo, ni el logotipo, ni el color que quiera presumir el gobierno en turno. La discusión real es si en Tequisquiapan las autoridades están actuando con sentido de urgencia frente a un servicio básico que impacta directamente la salud pública, la imagen urbana y la calidad de vida de la población.

La basura no espera. No entiende de agendas políticas, ni de ceremonias, ni de estrategias de posicionamiento. La basura se acumula, genera malos olores, atrae fauna nociva, deteriora el entorno y manda un mensaje clarísimo a la ciudadanía: el gobierno no está resolviendo lo esencial.

Y ahí está el punto más incómodo para cualquier administración: un gobierno puede gastar miles de pesos en publicidad para construir una narrativa de eficiencia, pero basta una sola imagen —como la de esta jornada de recolección— para desmontar el discurso. Un camión repleto hasta el límite, trabajadores haciendo maniobras entre calles estrechas y una operación que parece sostenida más por la necesidad que por una planeación seria, revela un servicio presionado, insuficiente y rebasado.

Si además existiera ya una unidad nueva disponible y esta no se estuviera utilizando por razones de imagen institucional, entonces el problema ya no sería solo técnico. Sería político y ético.

Porque los bienes públicos no están para servir al ego de una administración, sino a la ciudadanía. Un camión recolector no es un espectacular ambulante. Es una herramienta de trabajo que debe entrar en funciones en cuanto haga falta. Retrasar su uso por rotulación o por cálculo político sería, simple y llanamente, una señal de insensibilidad ante un problema cotidiano que sí afecta a la gente.

En los municipios suele ocurrir algo preocupante: se confunde gobernar con “marcar territorio”. Todo tiene que traer el sello, el color, la firma visual del gobierno en turno, como si el servicio público tuviera que pasar antes por la aduana del marketing. Y no. El ciudadano no necesita un camión bonito para la foto. Necesita que pase a tiempo, que recoja la basura y que el municipio funcione.

Esa es la diferencia entre gobernar para la imagen y gobernar para resolver.

Tequisquiapan, además, no es cualquier municipio. Es un destino turístico, un Pueblo Mágico, una vitrina permanente hacia visitantes, comerciantes y habitantes. La deficiencia en la recolección de basura no solo genera molestia en colonias y barrios; también golpea la percepción del municipio entero. Un gobierno que no puede garantizar limpieza, difícilmente puede presumir orden.

Y aquí conviene hacer una pregunta directa: ¿qué está pesando más en la toma de decisiones del gobierno municipal? ¿La urgencia del servicio o la conveniencia política de que todo lleve la firma cromática del momento?

La administración tendría que responder con claridad. ¿Existe ese camión? ¿Está en condiciones de operar? ¿Por qué no está trabajando ya? ¿Cuántas unidades funcionales tiene actualmente el municipio para la recolección? ¿Cuál es el déficit real del servicio? ¿Cuántas rutas están siendo cubiertas con unidades sobrecargadas o insuficientes?

Esas respuestas no son un capricho periodístico. Son información pública de interés colectivo.

Porque cuando un servicio básico falla, no basta con discursos. Se necesitan datos, decisiones y resultados. La ciudadanía no tendría que conformarse con ver cómo los trabajadores hacen milagros con lo poco que tienen, mientras la solución —si realmente existe y está disponible— espera convertirse antes en herramienta de propaganda.

A veces la política municipal cae en ridiculeces que serían cómicas si no afectaran la vida diaria. Esperar a pintar, rotular o “personalizar” un camión antes de ponerlo a trabajar, mientras la basura se sigue recogiendo en condiciones precarias, sería uno de esos casos donde la vanidad administrativa termina oliendo peor que el propio problema que dice combatir.

Y no se trata de golpear por golpear. Se trata de exigir algo elemental: sentido común.

Si hay un camión nuevo, que lo pongan a trabajar. Si no lo hay, que lo expliquen. Si la versión es falsa, que la desmientan con hechos. Pero lo que no puede seguir ocurriendo es que la ciudadanía vea una realidad deficiente en la calle, mientras desde el poder se intenta envolver todo con papel de regalo institucional.

La basura, al final, siempre termina exhibiendo lo que algunos gobiernos quieren esconder: sus verdaderas prioridades.

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