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lunes, marzo 2, 2026

Cuando el país ardió, una cadereytense se mantuvo firme

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Mujeres en el Ejército, en el corazón del riesgo

Hay días en los que México amanece con el pulso acelerado. No por el café, sino por la noticia: una operación militar en Jalisco y, con ella, el recordatorio brutal de que el crimen organizado no sólo disputa territorios… disputa también el miedo.

En las últimas semanas, el Ejército volvió al centro de la conversación nacional tras el operativo en el que —de acuerdo con reportes periodísticos y confirmaciones institucionales posteriores— murió Nemesio Oseguera Cervantes, “El Mencho”, líder del CJNG, el 22 de febrero de 2026, en Tapalpa, Jalisco. (La Jornada)

La reacción fue inmediata y, para muchas comunidades, terrorífica: incendios, bloqueos, saqueos, comercios atacados. Autoridades estatales reportaron afectaciones masivas a tiendas de conveniencia y sucursales bancarias, incluyendo al menos 81 tiendas Oxxo dañadas en Jalisco (además de daños a bancos). (Forbes México) En esos mismos días, la Embajada de Estados Unidos emitió una alerta de seguridad por la situación en varias zonas del país. (Embajada de EE. UU. en México)

Y justo cuando el país mira a las Fuerzas Armadas con una mezcla rara de expectativa y exigencia, se aproxima el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer: una fecha que suele llenarse de discursos, pero que a veces olvida lo esencial: las mujeres también sostienen el peso de la seguridad, la disciplina, la distancia y el peligro.

De esa intersección —Jalisco y el 8M; la violencia y la resistencia— nace esta historia.

“No sabes si regresas el mismo día”: la voz de una cadereytense en Fuerzas Especiales

A través de las líneas de contacto de Voz y Testimonio, nos buscó una mujer queretana. Cadereytense, dice. La mayor parte de su vida estuvo en Cadereyta. Y hoy, lejos de la Sierra y de las calles que la vieron crecer, su vida transcurre entre formaciones, horarios imposibles y la realidad que casi nadie ve: ella pertenece a Fuerzas Especiales del Ejército.

Por seguridad —la suya y la de su entorno— no publicamos su nombre, grado, unidad ni ubicación exacta. Lo que sí podemos contar es su testimonio, con una precisión emocional que golpea: no habla como quien presume, sino como quien todavía está procesando lo vivido.

Nunca sabemos contra quién vamos”, nos dijo. “Sólo nos dicen: ‘súbanse a sus unidades’, ‘salimos a tal hora’… y no sabes si regresas el mismo día”.

En su relato aparece una fecha que tenían marcada como referencia operativa: 26 de febrero. Pero en este mundo —explica— los calendarios rara vez mandan. “Como le repito: nunca sabemos contra quién vamos”.

Ese detalle importa porque el país recibió la noticia pública del operativo y la muerte de “El Mencho” el 22 de febrero de 2026. (La Jornada) Desde afuera, la historia parece una línea recta: “operativo–resultado–reacción”. Desde adentro, dice ella, es más parecido a caminar a oscuras: te mueves cuando te lo ordenan, sin saber exactamente qué puerta se abrirá.

El día que se cerraron puertas: “no dejaron salir a nadie”

Su narración del día del operativo no está hecha de héroes de película. Está hecha de encierro, tensión y rumores.

En un momento —cuenta— no permitieron salir a nadie que ya estuviera dentro del campo militar. Según la información que les compartieron internamente, existía el riesgo de que alguien estuviera “cazando” movimientos, buscando vulnerar a personal del Ejército o Guardia Nacional. Ella recuerda incluso una versión que circuló ese día: que se pagaba por reportar a elementos para atacarlos.

¿Fue real, exagerado, desinformación táctica o una alerta preventiva? No lo sabemos. Y aquí vale decirlo con honestidad periodística: no es un dato que podamos corroborar de manera independiente. Pero hay algo que sí es verificable: el ambiente de violencia y los ataques a comercios en Jalisco fueron reportados ampliamente, con detenciones y daños a infraestructura comercial y bancaria. (Forbes México)

Ella lo resume con una frase que duele por lo simple: “Ese día, el miedo se sentía antes de llegar al lugar”.

El país en llamas y la gente en medio

Su testimonio coincide con lo que documentaron medios nacionales: tras el abatimiento, se registraron daños y ataques a negocios; la Fiscalía General de la República reportó procesos de identificación del cuerpo mediante pruebas genéticas. (La Jornada)

En redes circularon cifras específicas por ciudades (por ejemplo, Puerto Vallarta), pero ahí el dato se vuelve pantanoso: las cifras varían según la fuente y muchas vienen de publicaciones no oficiales. Lo que sí está respaldado por reportes periodísticos con base en autoridades estatales es que la afectación a tiendas fue masiva en Jalisco y que el impacto económico llegó a miles de establecimientos a nivel nacional. (Forbes México)

Y aquí entra una pregunta incómoda —pero necesaria—: cuando la reacción criminal llega con fuego y bloqueos, ¿quién protege a la población en el minuto cero? Ella, desde su lugar, lo dijo con amargura: “Improvisaron la reacción y, mientras tanto, dejaron a la población a la merced del crimen”.

Esa frase no es sentencia judicial; es percepción desde la trinchera. Pero sirve para mirar la realidad con un lente menos romántico: hay operativos que salen bien en objetivo, y aun así dejan una estela de vulnerabilidad civil.

Mujeres en uniforme: una historia que no empezó ayer

En México, la presencia de mujeres en las instituciones armadas no es nueva, pero sí ha sido históricamente limitada y gradual. La propia Secretaría de la Defensa ha documentado la apertura paulatina de espacios y planteles para mujeres, así como el ingreso a cursos antes reservados para hombres (por ejemplo, materiales de guerra, cursos de montaña y el de comando paracaidista en años recientes). (Gobierno de México)

En cifras, distintos registros oficiales y periodísticos ubican a las mujeres aún como minoría dentro de las fuerzas federales. Un reporte de Once Noticias señalaba que rondan alrededor del 15% del total en fuerzas federales, con decenas de miles de mujeres distribuidas entre Ejército/Fuerza Aérea y Guardia Nacional. (Once Noticias) En el caso de la Guardia Nacional, un reporte del INEGI registró 21.9% de personal femenino (corte 2025). (INEGI)

Pero las cifras no cuentan la parte más difícil: ganarse el lugar en un mundo donde el uniforme históricamente tuvo voz masculina.

“Quise superarme”: de Cadereyta al rigor de Fuerzas Especiales

La cadereytense nos contó por qué se enlistó: no por gloria, no por épica, no por “ser ruda”. Por algo más humano:

Siempre quise prepararme, superarme y ser mejor persona para poder ofrecerle algo estable a mi familia… y ahora que tengo… terminé la carrera que siempre quise, trabajo donde desde niña anhelaba estar (milicia), tengo mi carro, y más o menos me va bien económicamente”.

En su historia no hay el cliché de “la mujer que quiere parecer hombre”. Hay, más bien, una mujer que quiere vivir sin pedir permiso.

Nos describió su transición de vida civil a vida militar: su paso por un centro de adiestramiento regional (CACIR), donde —relata— te enseñan lo básico: disciplina, armas, legislación, reglamentos. Y después vino su decisión más grande: solicitar el curso básico del GAFE.

Menciona pruebas físicas exigentes: carrera, barras, abdominales, lagartijas, evaluaciones que no admiten negociación. Pero lo más duro, según ella, no es el músculo: es el mensaje que te repites cuando el cuerpo ya quiere renunciar: “Aquí no estás para probar algo en Instagram. Aquí estás para sobrevivir y cumplir la misión.”

Y sí: lo de Instagram lo digo yo. Ella no lo dijo. Pero se entiende.

El costo: cuatro misiones, una vida marcada

Le preguntamos por sus misiones. No por morbo, sino por comprender el peso real. Ella respondió con una honestidad seca:

Ha estado en cuatro misiones fuertes.

  1. Una “demasiado controlable”.
  2. Otra donde “intentaron darnos batalla”, pero no les favoreció el número.
  3. La que no se le va a olvidar nunca: una emboscada en Tepuche.
  4. Otra que prefiere no detallar.

En Tepuche —cuenta— murió su mejor amigo. Y su relato cambia. Se vuelve más lento. Como si cada palabra tuviera que pasar por una aduana interior.

Nos emboscaron… murió mi mejor amigo”.

Dice que en ese momento no hubo detenidos: cada quien se cubrió con lo que pudo. Recuerda un detalle mínimo —de esos que parecen pequeños hasta que te rompen la vida—: su amigo repelió la agresión sin casco. Ese detalle le costó la vida. Pidieron apoyo terrestre y aéreo. Llegó tarde.

Después vinieron la misa, el entierro, el silencio.

Y aquí está el punto que la gente a veces olvida cuando habla del Ejército como si fuera un concepto abstracto: el Ejército tiene nombre y apellido en las pérdidas. Cada baja es una familia que se parte. Cada funeral es un recordatorio de que “servir” no es una palabra bonita: es una factura.

Ser mujer en el alto impacto: el miedo no te quita lo capaz

Le preguntamos si sintió miedo. Y se rió poquito —una risa breve, casi defensiva—:

En ocasiones sí he sentido muchísimo miedo… y aun mucho antes de llegar al lugar. Porque nunca se sabe cuántos son ni contra quién te enfrentas. Sólo es cumplir con lo ordenado”.

Ahí está una verdad incómoda y, al mismo tiempo, poderosa: la valentía no es ausencia de miedo. Es disciplina con miedo.

Y cuando ese miedo lo vive una mujer en un entorno históricamente masculino, suele venir acompañado de otro combate silencioso: demostrar que tu lugar no es “por cuota”, ni por “imagen”, ni por “excepción”. Es por capacidad.

Ella también mencionó algo que la sacudió: el caso de una compañera que —según su testimonio— fue comisionada meses antes cerca de la estación aérea militar próxima al aeropuerto de Guadalajara y murió en un operativo. No tenemos elementos para corroborar ese hecho específico, pero lo mencionamos por lo que significa en su relato: la conciencia constante de que el riesgo también se lleva a las mujeres. Y que, cuando ocurre, muchas veces ni siquiera se vuelve noticia nacional.

La rutina que parece simple… hasta que la vives

Su vida diaria suena casi mecánica, pero está llena de pequeños símbolos:

“Me duermo a las 21:00 (cuando puedo) y normalmente me levanto a las 04:00. Tengo que alistarme, bañarme, tender mi cama sin dejar arruga alguna, dejar ordenado mi espacio… a las 06:00 paso al bofe y luego al pase de lista”.

La cama sin arrugas no es obsesión: es entrenamiento mental. Es un mensaje: si no controlas lo mínimo, lo máximo te controla a ti.

Y mientras el país debate en redes quién “hizo más” o “quién tiene la culpa”, ella vive en un reloj que no se detiene. En el Ejército, el botón de “posponer” no existe. (Y si existiera, seguro estaría bajo resguardo militar).

8M dentro del cuartel: lo que todavía falta

Hablar de mujeres en el Ejército no es sólo aplaudir. También es preguntarse: ¿tienen las mismas oportunidades reales de ascenso? ¿la misma protección? ¿las mismas condiciones? ¿la misma atención a la salud mental? ¿la misma garantía de que, si algo sale mal, no serán invisibles?

La inclusión no se mide sólo en cuántas entran, sino en cuántas permanecen, cuántas ascienden y cuántas son escuchadas. Y en México, diversos análisis han señalado que aún hay brechas estructurales dentro de instituciones castrenses y de seguridad, incluso con avances en participación femenina. (Malvestida)

Por eso esta historia importa: porque no es propaganda. Es humanidad.

Epílogo: Cadereyta está más cerca de lo que crees

Cuando uno escucha a una mujer de Cadereyta contar cómo se prepara para misiones de alto impacto, el mapa cambia. El país deja de ser un noticiero lejano y se vuelve una red de vidas conectadas.

Ella no pidió reconocimiento. No pidió aplausos. Quiso que se entendiera algo simple: detrás del uniforme hay una mujer que también extraña, también teme, también carga pérdidas, también sueña con estabilidad.

Y quizás ese sea el mensaje más potente rumbo al 8 de marzo:

Que el papel de la mujer no es “especial” por ser raro. Es especial porque es real, porque sostiene, porque arriesga, porque resiste, y porque —en un país donde el fuego a veces aparece de golpe— también hay mujeres que se colocan, con disciplina, entre el peligro y los demás.

Sin slogans. Sin poses.

Con la cama sin arrugas.
Con el corazón en guardia.
Y con Cadereyta latiendo, aunque esté lejos.

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