La Peña no es escombro
Ezequiel Montes, Qro.- La imagen que llegó a la redacción no es menor: maquinaria pesada trabajando en las faldas de la Peña de Bernal, uno de los símbolos naturales, culturales y espirituales más importantes de Querétaro. La denuncia de habitantes de Bernal apunta a una preocupación de fondo: que, con el argumento de ampliar una cancha de futbol, se esté interviniendo sin suficiente claridad pública el entorno inmediato de un sitio que no sólo tiene valor paisajístico, sino también protección ambiental y una relevancia cultural que rebasa por mucho cualquier obra local. En la fotografía compartida se aprecia una excavadora y un camión de volteo operando sobre la ladera, una escena que, por sí sola, enciende la alarma social.
La preocupación ciudadana no nace del capricho. La Peña de Bernal está reconocida oficialmente como Área Natural Protegida estatal con categoría de paisaje protegido; su declaratoria fue publicada el 5 de junio de 2009, con una superficie de 263.91 hectáreas, y su programa de manejo fue publicado en 2011. El propio instrumento de planeación municipal de Ezequiel Montes la define como un sitio prioritario por su derrama económica, su valor geológico, cultural y escénico, y por su vínculo con la cultura otomí-chichimeca. Más todavía: el mismo plan municipal establece como meta frenar la ocupación urbana sobre el área natural protegida Peña de Bernal.
Y es que la Peña no es una simple roca bonita para la postal del fin de semana. La UNESCO inscribió en 2009 los “Lugares de memoria y tradiciones vivas de los otomí-chichimecas de Tolimán: la Peña de Bernal, guardiana de un territorio sagrado” en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. En esa ficha se explica que la Peña forma, junto con los cerros del Zamorano y el Frontón, un triángulo simbólico sagrado, eje de peregrinaciones, rituales relacionados con el agua y prácticas identitarias profundamente arraigadas en la región. Tocar ese entorno, por tanto, no es sólo mover tierra: es intervenir un espacio cargado de memoria, espiritualidad e identidad colectiva.
También hay una dimensión científica que no puede pasarse por alto. Investigaciones retomadas por la UNAM y por materiales académicos recientes describen a la Peña de Bernal como un domo volcánico tipo espina, formado hace alrededor de 8.7 millones de años, con una altura máxima cercana a los 433 metros desde su base en uno de sus flancos. Es decir: estamos hablando de un geositio excepcional, no de un cerro cualquiera al que se le pueda meter retroexcavadora con la ligereza con la que se remienda una banqueta.
Por eso el debate de fondo no es “cancha sí” o “cancha no”. El verdadero punto es otro: qué clase de autoridad decide empujar infraestructura sobre el entorno de un símbolo protegido sin antes explicar, con papeles sobre la mesa, qué obra es, dónde inicia, dónde termina, qué permisos tiene, qué impacto tendrá y qué medidas de mitigación contempla. Porque si el municipio presume metas de conservación, protección patrimonial y freno a la ocupación urbana en esa misma zona, entonces no puede actuar como si Bernal fuera terreno de improvisación administrativa.
Hasta el momento, en esta revisión no localicé una ficha pública oficial fácilmente accesible que detalle la obra denunciada, su polígono exacto, sus autorizaciones o sus medidas de protección ambiental. Y ahí está el corazón del problema: cuando en un sitio tan delicado aparece maquinaria y no aparece información clara, la sospecha crece más rápido que el polvo. La autoridad municipal tendría que responder con documentos, no con silencio. Porque la Peña de Bernal no es un adorno del paisaje ni el telón de fondo de una ocurrencia de obra pública: es patrimonio natural, cultural y simbólico de Querétaro. Y a ese patrimonio no se le raspa primero para explicar después.







