Nuevamente en Tequisquiapan
Tequisquiapan, Qro.- Lo que hasta hace poco eran denuncias aisladas de robos en colonias, hoy parece escalar a un nivel más preocupante en Tequisquiapan. Este día fue vandalizado un cajero automático de Scotiabank ubicado en el mercado, un espacio que debería ser uno de los puntos más vigilados y transitados del municipio.
La imagen habla por sí sola: el cajero acordonado con cinta de precaución, la máquina dañada y el área cerrada. No ocurrió en una calle solitaria ni en la madrugada en un sitio abandonado. Ocurrió en el corazón de la actividad comercial del municipio, donde diariamente circulan comerciantes, turistas y familias.
El hecho abre nuevamente una pregunta incómoda: ¿qué está pasando con la seguridad en Tequisquiapan?
Hace apenas unos días vecinos denunciaban robos de vehículos en la colonia Adolfo López Mateos y señalaban la falta de rondines y la tardanza en la respuesta policial. Ahora, el problema parece avanzar hacia actos de vandalismo y ataques contra infraestructura bancaria, algo que normalmente requiere tiempo, logística y, sobre todo, la ausencia total de vigilancia.
Porque seamos claros: un cajero automático no se vandaliza en segundos. No es un delito menor ni improvisado. Requiere que alguien opere sin que exista presencia policial o disuasión suficiente.
Y ahí es donde surge la crítica inevitable hacia las autoridades municipales encabezadas por el alcalde Héctor Magaña Rentería y la Secretaría de Seguridad Pública Municipal.
Si un cajero en el mercado puede ser vandalizado, la pregunta ya no es si existe un problema de seguridad, sino qué tan grave es realmente el vacío de vigilancia en el municipio.
El problema no es solo el daño al cajero. El mensaje que deja este tipo de hechos es mucho más peligroso: cuando la delincuencia percibe que no hay reacción inmediata, los delitos tienden a escalar.
Hoy es un cajero.
Ayer fueron vehículos robados.
¿Mañana qué sigue?
Tequisquiapan es un municipio turístico, un destino que presume tranquilidad y hospitalidad. Sin embargo, cuando los delitos empiezan a ocurrir en espacios públicos tan visibles, la percepción de seguridad se rompe rápidamente.
La ciudadanía comienza a preguntarse si el municipio está más enfocado en la imagen turística que en garantizar seguridad real para sus habitantes.
Porque la seguridad pública no se mide en discursos ni en boletines.
Se mide en algo mucho más simple: si la gente puede vivir tranquila o no.
Y cuando un cajero aparece acordonado en pleno mercado, el mensaje que queda flotando en el aire es difícil de ignorar.
Algo no está funcionando.







