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sábado, febrero 21, 2026

Cuando el tren se sale de la vía… y la indignación también

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Querétaro, Qro.-El día comenzó como cualquier otro en Oaxaca, hasta que el Tren Interoceánico se descarriló. Más de 200 personas, entre pasajeros y tripulación, viajaban en esos vagones que terminaron vencidos sobre la tierra. A las 11 de la mañana, la Secretaría de Marina —sí, la Marina— informó del accidente. Siete horas después, llegó lo que nunca debería llegar tarde: el saldo humano. Trece personas fallecidas. Treinta y seis hospitalizadas. El resto, con el cuerpo ileso pero la vida marcada.

En ese lapso, mientras el país esperaba respuestas, el silencio fue más ruidoso que el choque del metal. Porque cuando hay muertos, el tiempo no se mide en horas, se mide en responsabilidades.

Los descarrilamientos existen, sí. En cualquier país con trenes. Pero no se normalizan. En Europa, donde los trenes recorren distancias imposibles todos los días, los accidentes mortales son estadísticamente rarísimos. En México, con pocas corridas, pocos trenes de pasajeros y obras nuevas, los incidentes parecen demasiados. El Tren Maya acumula episodios. El Interoceánico apenas se estrena… y ya carga ataúdes invisibles.

Pero el debate público no giró en torno a las víctimas. Giró, como siempre, en torno al poder. En redes sociales apareció la liturgia conocida: “fue sabotaje”, “la oposición festeja”, “otra campaña contra la Cuarta Transformación”. El guion es viejo. Cuando alguien muere, el problema no es la muerte, sino el golpe a la narrativa.

Así, los que no volverán a casa se vuelven daño colateral. Los heridos pasan a nota secundaria. La prioridad es defender la imagen del movimiento, no revisar las vías, los protocolos, las prisas, las improvisaciones. El verdadero drama, según ese discurso, es que el gobierno “tiene que aguantar” la mala prensa… provocada por personas que, con una falta de consideración imperdonable, decidieron morir.

La historia ya la conocemos. Se busca un culpable pequeño para tapar una falla grande. Se habla de sabotaje antes de hablar de mantenimiento. Se promete vigilancia antes que seguridad real. Se criminaliza al accidente antes de aceptar el error.

Y así se normaliza lo inaceptable: que la gente muera por transportarse, que los trenes nuevos fallen como viejos, que la tragedia se administre como crisis de comunicación.

Tal vez el descarrilamiento no solo fue del tren. Tal vez también lo fue del sentido común. Porque mientras sigamos poniendo la imagen del poder por encima de la vida de las personas, el país seguirá avanzando… pero siempre al borde de la vía.

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