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domingo, febrero 22, 2026

La presidenta de Cadereyta y el arte fino de pelear con todos

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En la política queretana existe un personaje peculiar: la presidenta de Cadereyta. No necesita presentación; su reputación la precede como esos vientos que anuncian tormenta antes que las nubes. No es que gobierne con conflicto… es que parece que el conflicto es su método de gobierno.

Mientras otros municipios buscan mesas de diálogo, coordinación interinstitucional, colaboración y resultados, Cadereyta decidió emprender un experimento político digno de laboratorio: gobernar a base de pleito, sospecha y confrontación. La presidenta ha logrado convertir cada instancia estatal en un enemigo potencial, cada funcionario en un mal necesario y cada evento oficial en una trampa mortal que, por supuesto, se niega a pisar.

El deporte favorito de la administración: no ir

En repetidas ocasiones —más de las que permite la cortesía política básica— la presidenta ha rechazado acudir a actos del gobierno del estado. Y no es que no la inviten. La invitan, insiste la invitan… y aun así, ella logra no aparecer. Toda una coreografía del desencuentro: el evento empieza, los funcionarios se acomodan, la banda toca, y Cadereyta… brillando por ausencia.

No es falta de agenda, es falta de ganas.
No es desdén, es estrategia.
O al menos eso parece.

A algunos funcionarios estatales incluso les ha regalado lo que en diplomacia se conoce como “desaires”, pero que en la calle se llaman por su nombre: groserías políticas. Indirectas punzantes, declaraciones incómodas, acusaciones al aire y una actitud que solo puede describirse como un “¿y a mí qué me hablan?”.

La presidenta no evita al estado: lo esquiva.

La marcha de Cadereyta: cuando la plaza se convierte en escenario

El episodio más simbólico fue su famosa marcha. Ahí, encabezando a empleados municipales, lanzó una frase que quedó grabada en redes como si fuera el tráiler de su propia película política:
“Si cae Cadereyta, primero cae Querétaro.”

Una advertencia que se escucha más como amenaza que como diagnóstico.
En política, esas frases no se deslizan: se disparan.

Y todo esto en medio de una huelga que su propio municipio dejó crecer, dejar pudrir y después convertir en arma. Porque la presidenta no solo marchó: acusó al gobernador de estar detrás de la huelga… sin un solo documento, audio, mensaje o evidencia. “Lo escuché”, “me dijeron”, “se comenta”. La posverdad convertida en herramienta administrativa.

El agua: la joya del pleito

Nada ha tensado más la relación que el agua.
El plebiscito para que Cadereyta administre su propio servicio de agua —ya autorizado por el IEEQ— es el clímax de la confrontación. Un proyecto impulsado no por estudios técnicos ni por análisis financieros, sino por un impulso político que nace lejos del municipio… y muy cerca del diputado federal que funge como su protector.

El plebiscito no responde a un plan sólido: responde a un símbolo.
A una bandera.
A una pelea con nombre y apellido: el gobierno estatal.

Que el municipio no tenga un estudio serio de factibilidad para soportar la operación del agua no parece importar. Lo importante es pelearla. Ganarla en la narrativa. Convertirla en causa. Aunque después venga la resaca de administrar lo que no se puede costear.

Gobernar desde la trinchera

La presidenta de Cadereyta gobierna como quien dirige una batalla:

  • sospecha de aliados,
  • enfrenta a superiores,
  • convierte las diferencias en guerra,
  • y reduce la gobernabilidad a una competencia de resistencia.

No se sienta a dialogar, se para a pelear.
No busca acuerdos, busca escenarios.
No construye puentes, pero construye discursos.
Muchos.

Y en esa cruzada personal, el municipio paga los platos rotos: caminos destruidos, obras atoradas, servicios colapsados y trabajadores atrapados entre marchas y amenazas políticas.

La gran ironía

Después de un año entero evitando al gobernador —literalmente— ahora anuncia con solemnidad que por fin tendrán reunión privada. Como si fuera mérito, como si fuera logro, como si la ausencia voluntaria fuese culpa ajena. Lo dice con tono de víctima, cuando en realidad ha sido la arquitecta de su propio aislamiento.

La presidenta promete llevar “temas picosones”.
La pregunta es si alguno servirá para resolver algo o si solo alimentará el conflicto que tanto aprecia.

¿Y todo esto para qué?

Para Cadereyta no queda claro.
Para el estado tampoco.

Pero para la presidenta sí:
Su estilo es el choque.
Su narrativa es el pleito.
Su política es la confrontación.

Y como toda figura que hace del conflicto su capital, solo queda una duda esencial:

¿Qué va a quedar de Cadereyta cuando termine la guerra personal de su presidenta?

Porque si algo es evidente es que el municipio no necesita enemigos externos.
Con la estrategia actual, ya tiene suficientes internos.

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