Juegos rotos, omisiones y realidades incómodas en Querétaro
La tarde se abre con la misma complicidad de siempre.
Óscar Alcázar y Armando Briones vuelven a su mesa redonda, esa donde la política regional se mezcla con el sarcasmo y el humor involuntario de los informes municipales.
Ambos llegan enfermos —literal y metafóricamente—: la garganta irritada, la paciencia igual, y un aire enrarecido que ellos mismos atribuyen, entre risas, a los “malos vientos” de tantos informes públicos.
El arranque tiene ese tono de amistad curtida por los años.
—“Aquí estamos, mal o bien, pero aquí estamos”, dice Armando, entre carraspeos.
Oscar asiente, recordando que la feria de Colón los dejó con las ganas de asistir, justo cuando el municipio entero comentaba el incidente del juego mecánico que se quedó atorado.
Un accidente que, según ellos, refleja un mal mayor: la falta de supervisión y de responsabilidad de Protección Civil.
El diálogo se vuelve rápido, agudo, casi periodístico:
—“¿Y dónde está esa Protección Civil que debería revisar antes?”
—“Pues perdida entre lonas, permisos y la foto del presidente en la inauguración.”
Ahí comienza la disección de la feria de Colón, el símbolo perfecto del desorden municipal que ambos denuncian con ironía. Un juego mecánico falló, Protección Civil llegó tarde y nadie asumió culpa.
Óscar apunta con firmeza:
“Aunque la feria se concesione, la responsabilidad sigue siendo del ayuntamiento. No se vende junto con la lona del evento.”
Briones recuerda los desastres nacionales, los juegos caídos en otras ferias, las tragedias que después se olvidan. Menciona el caso de Querétaro, donde años atrás una joven perdió la vida al caer de un juego en la feria navideña. El silencio que sigue tiene peso: la reflexión incómoda de saber que la memoria social es corta, pero las omisiones gubernamentales son largas.
El tono sube. Óscar lo resume con una frase que retumba:
“Aquí no hay prevención, solo reacción. Y eso, cuando la desgracia ya tiene nombre.”
Entre bromas, recuerdan cómo en el estadio Corregidora también “se les fueron las cabras” y tuvieron que caer los directores de Seguridad y Protección Civil.
El patrón se repite: todo pasa por falta de supervisión y exceso de confianza política.
El programa avanza hacia una crítica general: la costumbre de los alcaldes de deslindarse de todo.
El sarcasmo fluye como cerveza en feria:
—“Ya no es feria del pueblo, es feria del pretexto.”
—“Y la música suena mientras el pueblo se aguanta.”
Ambos coinciden en que el gran problema es la ausencia de protocolos claros, y que si hubiera pasado una tragedia, nadie habría ido a la cárcel. “Porque en México —dice Briones— la suerte también tiene fuero.”
Pero el programa no se queda en Colón. Armando lleva la conversación a un punto inesperado:
los rastros clandestinos.
En Colón, en Ezequiel Montes, en toda la región, se sacrifican animales sin control sanitario, con cobros ilegales y total conocimiento de las autoridades. Óscar escucha, se cruza de brazos y suelta:
“Si cobran por no hacer nada, eso ya no es omisión, es negocio.”
Hablan del olor a sangre, del dinero bajo la mesa y de cómo los rastros “fantasma” funcionan a plena vista, con la complicidad de quienes deberían cerrarlos. El contraste es brutal: mientras en la feria se lucen luces de colores, detrás del mercado se oculta la mugre institucional.
El debate se vuelve más estructurado, casi como una mesa de análisis. Briones menciona los casos en el Jaguey y Los Pérez, comunidades donde por mil pesos cualquiera puede sacrificar un animal en instalaciones insalubres. Óscar completa la idea:
“Eso sí, el municipio cobra como si fuera rastro oficial. Solo falta que den factura.”
Entre ironías y risas, ambos lanzan el dardo central:
la hipocresía política.
Hablan de alcaldes que se llenan la boca hablando de salud pública mientras ermiten matanzas clandestinas y dejan que el pueblo consuma carne contaminada.
La conversación toma un giro más grave cuando aparece el nuevo enemigo: el gusano barrenador, detectado en Ezequiel Montes.
El tono baja, se vuelve casi informativo. Explican que esta plaga —reintroducida por la falta de vigilancia sanitaria en el sureste— puede destruir la ganadería local.
“Una vez más —dice Óscar—, el problema no empezó aquí, pero aquí se va a pagar.”
Hablan del desmantelamiento de las fronteras sanitarias en tiempos del gobierno federal anterior, de cómo se retiraron los filtros de inspección en la frontera con Guatemala y ahora las consecuencias llegan hasta el Bajío.
Briones, siempre con su ironía característica, comenta:
“Quitaron la fiscalización porque decían que era innecesaria. Hoy el gusano barrenador fiscaliza a todos.”
Ambos conductores se vuelven más reflexivos. El programa, que comenzó entre bromas sobre ferias, se convierte en una crítica seria sobre la ausencia del Estado en los temas que realmente importan. Protección Civil, salud pública, rastros, ganadería… todo parece reducido a un simple trámite de oficina.
“En Querétaro no falta presupuesto —dice Óscar—, falta responsabilidad.”
Briones asiente, pero no deja escapar el sarcasmo:
“Y sobran boletos para la foto.”
La ironía y el desdén se mezclan con preocupación real. La voz se vuelve más pausada, más firme. Ya no hablan solo de Colón o Ezequiel Montes: hablan de un modelo político donde lo que importa es inaugurar, no mantener; presumir, no prevenir.
El cierre del programa mantiene ese equilibrio entre humor y denuncia. Hablan de cómo las ferias se han convertido en “burbujas de olvido”, donde se disfraza la crisis con luces de colores. La gente baila, pero el suelo cruje. Los gobiernos celebran, pero el pueblo paga la entrada doble: una en impuestos y otra en riesgos.
Óscar remata con su ya clásico tono editorial:
“Aquí la seguridad se mide por suerte, la prevención por likes y la responsabilidad por silencio.”
Armando ríe, pero su mirada lo dice todo. El programa termina con la sensación de que la crítica no es solo un ejercicio periodístico, sino un acto de defensa ciudadana.
La Casa del Jabonoso sigue siendo ese espacio donde la verdad se dice sin perfume, aunque huela a feria.




