LA CASA DEL JABONERO
Hay políticos que usan el cargo para gobernar. Y hay otros que parecen usarlo como sala de espera. Astrid Ortega todavía es presidenta municipal de Cadereyta y ya acumula suficientes registros como para que uno empiece a sospechar que el verdadero programa de gobierno no era de obras públicas, sino de movilidad política.
Primero levantó la mano en el proceso interno rumbo a la gubernatura. No fue candidata formal y una medición difundida durante aquella etapa la colocó alrededor del 4.8 por ciento, lejos de los primeros lugares. Ahora volvió a aparecer en otro registro, esta vez rumbo al Distrito Federal 01.
El trampolín del semidesierto
El problema no es que una presidenta municipal tenga aspiraciones. En política eso es normal. El problema empieza cuando la administración que deja atrás sigue acumulando asuntos sin resolver mientras la agenda personal parece avanzar más rápido que la agenda pública.
Cadereyta ha vivido en estos dos años una huelga de 48 días, marchas, tensiones laborales, solicitudes millonarias para enfrentar obligaciones, choques con distintos actores políticos y episodios que han terminado convirtiéndose en símbolos de desgaste.
Uno de ellos fue el del camión recolector que terminó descargando basura frente a la Presidencia Municipal. Conviene precisar el punto: el conflicto no era por una deuda económica. El Ayuntamiento daba por terminado el contrato, mientras el proveedor sostenía que no había recibido formalmente el documento de rescisión. Al mismo tiempo, denunciaba que ya no contaba con el combustible necesario para continuar operando.
No era una película de Cantinflas, aunque por momentos parecía que cada parte hablaba un idioma administrativo distinto.
La administración que también compite
La alcaldesa también ha tenido desencuentros con actores estatales y municipales. Hubo episodios en los que la interlocución política terminó trasladándose a otras instancias y regidores buscaron canales fuera de la propia Presidencia para destrabar conflictos.
Todo eso forma parte del expediente político que acompaña cualquier aspiración. Porque cuando alguien pide una nueva responsabilidad, inevitablemente se revisa qué hizo con la que ya tenía.
Y ahí está el punto incómodo: el currículum necesita explicación.
Astrid puede registrarse en cuantos procesos permita su partido. Puede buscar la gubernatura, una diputación o la siguiente ventanilla disponible de Morena. Es su derecho político.
Pero Cadereyta también tiene derecho a preguntar qué pasó con la administración que todavía encabeza.
Antes de buscar la siguiente silla, quizá convendría mirar la que aún ocupa.
Cadereyta debería preguntarle: “¿Y esto cuándo lo terminas?”
Porque gobernar también cuenta. Aunque no dé candidatura.









