Presupuesto, ‘distractores’ y el precio de improvisar | La Casa del Jabonoso 98
En el arranque, el estudio se siente como ese primer lunes del año: cara de “ya regresé, pero mi alma sigue en descanso”. Óscar abre con saludo a la audiencia de Voz y Testimonio y deja caer la premisa con la precisión de quien avienta una piedra al agua para ver cuántas ondas provoca: hoy van a intentar demostrar qué hace una administración cuando ya entró en funciones… y por qué lo prometido en campaña suele convertirse en “letra chiquita” cuando toca pagar nómina, rentas, arrendamientos y aguinaldos.
Armando aparece con “cara de preocupado”, dice Óscar… y ahí está el primer guiño del programa: el humor no es para adornar, es para sobrevivir. Porque lo que viene no es un chisme de café: es una radiografía del poder municipal cuando se le cae el maquillaje. La conversación se mueve como debe moverse un buen programa: de lo general a lo específico, de la idea grande (cómo arranca un alcalde) al detalle que duele (en qué se gasta y qué se deja de hacer).
Óscar lanza la pregunta central: ¿por qué los alcaldes llegan y se les olvidan las promesas? ¿Fue mala planeación? ¿Ignorancia? ¿O el clásico “sí sabía, pero me valió”? Y antes de que el público elija villano, la mesa pone un contexto importante: cuando se gana una elección, no se hereda un reino, se hereda un rompecabezas… y a veces con piezas faltantes. Hay compromisos laborales, laudos, gastos fijos, pagos inmediatos. Entran en octubre y en diciembre ya estás pagando aguinaldos; si no hay previsión, el municipio se convierte en un edificio con goteras y sin cubeta.
Armando toma la palabra y define el “pecado original”: desde candidato debes tener rumbo. No basta el “vamos a recoger demandas”, porque el camino está lleno de gente pidiéndote un río, un puente y un lago “si quieren”… a cambio del voto. La frase tiene gracia, sí, pero también trae un dardo: hay campañas que no son proyectos, son catálogos de ocurrencias. Y cuando por fin llegas al cargo, lo primero que se te atraviesa no es la obra soñada: es la realidad contable y política del municipio.
Entonces el programa entra en su primer gran bloque: los “dos momentos” del poder municipal. Primero, la campaña: buscar liderazgos, alianzas, gente que te ayude a ganar. Segundo, ya en el gobierno: pagar favores. Lo dicen sin rodeo: la lista de promesas se convierte en lista de “a quién acomodamos”. Y si esa gente no funciona, viene la etapa de cambios, ajustes, reacomodos… como si gobernar fuera estar moviendo muebles mientras la casa se incendia.
Óscar remata con una observación filosa: muchas veces, más que consolidar un buen gobierno, la prioridad se vuelve consolidar el poder: sobre el municipio, sobre el partido, sobre la narrativa. Es adictivo, dicen. Y esa palabra —adictivo— no es casual: sugiere que el poder no solo se ejerce, también se desea, se protege, se busca prolongar. Por eso a veces el primer año se va entre pagar compromisos, resolver incendios heredados y tratar de no hundirse. Y ahí aparece una verdad que se siente como piedra en el zapato: el presupuesto ya viene avanzado, ya planeado, y tú llegas con promesas nuevas… a un menú que ya estaba impreso.
Cuando el programa toca el tema del dinero, cambia el tono: se vuelve casi una clase, pero de las buenas, de las que te dejan pensando. Hablan de la composición típica de ingresos: participaciones, federación/estado, y lo que el municipio realmente recauda. Se menciona un ejemplo con cifras claras: alrededor de 59.7% de recursos vía participaciones y 40.3% propios (en el ejemplo que ponen). Y lo explican con lógica simple: lo federal se reparte en 12 meses; el municipio debe administrar y no depender de milagros de fin de año. Si la administración saliente no ahorró o dejó “en ceros”, el entrante se queda sin margen y empieza a pedir ayuda “a cuenta del siguiente año”.
Aquí el programa da un salto importante: lo extraordinario también existe. Un conflicto sindical, un gasto inesperado, una crisis. Cadereyta aparece como ejemplo de cómo los problemas pueden reventar un presupuesto que quizá no lo contemplaba. Y entonces —como si fuera un reloj que no perdona— regresa el tema de los primeros tres meses: llegas con el agua al cuello, no tienes cabeza para pensar en propuestas y, peor, en noviembre ya debes preparar el presupuesto del siguiente año. ¿Cómo planeas un proyecto si estás apagando fuegos?
Pero la crítica no es “pobrecitos”. Al contrario: ahí viene la parte dura. Dicen que, en muchos municipios, lo que pasa es esto: sacan un presupuesto similar al anterior, con ajustes menores, y no plasman el proyecto prometido. Y entonces llega la frase clave del episodio: el segundo año es el fuerte. Porque ya sobreviviste el arranque, ya viste cómo está el terreno; ahora sí debes planear y ejecutar. En otras palabras: ya no hay excusas, ya no puedes vivir del “todavía estamos acomodándonos”.
Y aquí aparece Cadereyta con nombre y apellido, como cuando en una película dejan de hablar “del sistema” y enfocan al personaje. Óscar anuncia que en el siguiente programa van a entrar al caso específico: presupuesto de egresos, POA, obra pública, ejercicio del gasto trimestral. Y suelta un dato que, si fuera campana, sonaría en todo el municipio: el POA debió aprobarse en febrero, se aprobó hasta mayo; hubo modificaciones hasta octubre; de enero a octubre prácticamente no hubo obra; el dinero se quedó guardado “durmiendo el sueño de los justos”. Incluso señalan que ni siquiera se aprecia movimiento a plazo fijo para generar intereses y estiman que pudo generar alrededor de 800 mil pesos si se hubiese colocado correctamente ese recurso ocioso.
A partir de ahí, el episodio toma una ruta que mezcla política, administración y narrativa pública: los “distractores”. Se habla de cómo, ante falta de acción, hay gobiernos que administran problemas y los convierten en espectáculo: pleitos, marchas, conflictos con gobernador, con sindicatos, con actores locales. En Cadereyta, lo pintan así: una administración que se la pasó en conflictos y que, mientras tanto, dejó de hacer cosas esenciales. Y para aterrizarlo, traen un ejemplo concreto y fuerte: un caso de violencia en un callejón por falta de luz; después del hecho, pusieron la luminaria. O sea: reaccionan cuando truena, no antes.
Luego se abre un mini viaje a la región: hablan de Bernal y quejas de turistas por zonas oscuras; de revisar programa por programa; de 2026 como año donde se consolida o se tira a la basura una administración. Y como buen diálogo, también reconocen excepciones y contrastes: Tequisquiapan aparece como un ejemplo de algo que sí funcionó (la feria navideña), incluso en tono anecdótico (“fui tres veces”). Esa anécdota sirve para decir: sí se pueden hacer cosas que la gente perciba, disfrute y recomiende. Pero eso no salva el argumento central: el gobierno no puede vivir de eventos si lo básico está flojo.
Y entonces —como si se abriera otra puerta del mismo problema— llega el tema que enciende a cualquiera que haya visto un presupuesto municipal: comunicación social. Aparece el caso de Colón: una cifra aproximada de 17 millones (17 y medio) en gasto de comunicación social. La mesa hace la pregunta correcta: ¿qué lectura le das? Armando responde con una frase que es meme listo para exportación: “Si pones el huevo, hay que cacarearlo”. Pero de inmediato se cuidan de la trampa: no se trata de cacarear por cacarear; se trata de comunicar resultados reales, con proyecto detrás.
Aquí el episodio se pone fino. Dicen que no es malo gastar en comunicación si sirve para dar a conocer lo que sí se está haciendo y si la ley lo permite; lo malo es usarlo para “comprar voces” o inflar logros inexistentes, porque eso revienta con la realidad. Si promocionas empedrado donde no hay empedrado, la gente lo pisa y te desmiente. Y entonces ni obra ni credibilidad: doble pérdida.
La conversación entra en modo “metáfora de obra pública”: empedrado, asfalto, banquetas, agua, drenaje… una cadena infinita de necesidades. Con eso desmontan el falso dilema típico: “mejor gasta comunicación en despensas”. El punto no es elegir entre una cosa y otra; el punto es hacer las cosas con orden y que se note. Porque si sí trabajas, pero nadie se entera, el ciudadano no puede evaluar; y si no trabajas, pero gastas en que parezca que sí, el golpe llega con intereses políticos incluidos.
Después aterrizan en turismo, promoción y el “para qué” del gasto: si vas a vender Colón (o cualquier municipio) al exterior, tiene que haber un proyecto: ¿qué se ofrece? ¿qué sigue después de la basílica? ¿qué experiencia completa? Si no hay, el turista se va “echando madres”, dicen, y se acabó el encanto. Y aquí viene uno de los mensajes más útiles del episodio: la comunicación no puede ser el centro; el centro debe ser el municipio y el ciudadano. La comunicación solo potencia lo que ya existe; no inventa realidad sostenible.
En el tramo final se sienten dos cosas al mismo tiempo: prisa y urgencia. Prisa porque el programa se acerca al cierre; urgencia porque el calendario político no perdona. Dicen que este año es “su año”: el año de consolidación. El siguiente se complica por la lógica electoral, restricciones y menor margen para gastar. Por eso repiten la idea como martillo: si no consolidan este año, luego será muy difícil.
Y entonces llega la conclusión con tono de editorial ciudadano: administrar un municipio no es fácil, sí, pero el ciudadano tiene obligación de cuestionar, solicitar, exigir. “Usted se comprometió a esto, cúmplalo”. Y rematan con el tema del gasto sin resultados: si gastaste 17 millones y “no llegó ni un alma”, ¿qué pasó? ¿En qué mejoró la vida municipal? Porque si el dinero se va en cosas no productivas, no llegas a ningún lado. Es un cierre que no se queda en el regaño: invita a la audiencia a mirar presupuestos, POA, cuentas públicas… y a no soltar el tema.
El broche final es práctico: mencionan que alguien entró tarde y se perdió parte del programa, y aprovechan para anunciar cambio de horario: quieren transmitir los viernes a partir de las 6 pm y cambiar un poco la dinámica. Cierre sencillo, pero estratégico: si el contenido va a ser más “de fondo”, necesitas una audiencia que llegue a tiempo… porque aquí no se viene a escuchar “buenas intenciones”, se viene a ver cómo se mueve (o no) el dinero.




